Capitalismo financiero y TICs: revolución o socavamiento democrático
Núria Almiron. Publicado en Contrastes, n. 48 primavera 2007, pp.
145-149. En PDF.
Los últimos treinta años han sido el escenario de cambios tecnológicos tan revolucionarios —a través, esencialmente, del nacimiento de la microinformática, la expansión y difusión de Internet y la digitalización de todas las señales— que a menudo se afirma que hemos entrado en una nueva era de civilización humana. Pero el razonamiento lógico difícilmente puede llevar a tal conclusión si uno observa el planeta con detenimiento: millones de seres humanos viviendo en condiciones de pobreza extrema (hasta dos mil millones de personas todavía no conocen la electricidad), una desigualdad aberrante en el consumo y la calidad de vida (el 20% de los ciudadanos del planeta consumen, o mejor deberíamos decir, devastan, el 80% de sus recursos) y existen retos sin precedentes en materia de justicia intergeneracional (como la herencia de deforestación, emisiones contaminantes y residuos tóxicos sin tratar que legamos a nuestros hijos). Y es que en estos últimos treinta años han sucedido muchas más cosas que la miniaturización de los chips y la mutiplicación de la capacidad y velocidad de hardware y software. El mundo ha experimentado cambios muy relevantes, además del desarrollo tecnológico, que han sido liderados por unos determinados intereses políticos y económicos que no tienen nada de nuevo, todo lo contrario, entroncan con el nacimiento del siglo pasado.
La globalización liberal y la globalización financiera
El austriaco Rudolf Hilferding ya escribió hace ahora casi un siglo
que la concentración económica estaba conduciendo al dominio
de las finanzas en la economía. Y la globalización neoliberal
arrancada en los setenta—con las políticas neoconservadoras
iniciadas por el tándem Reagan-Tatcher— y la revolución
tecnológica no alteran la historia económica del siglo XX,
todo lo contrario, fortalecen una tendencia —la del capitalismo financiero,
o preeminencia de las finanzas en la economía— que se acentúa
con la globalización.
La globalización de los mercados financieros no habría sido
posible sin la revolución tecnológica digital que tiene lugar
en paralelo —y que permite la interconexión de todos los actores
de los mercados de capitales— ni sin la desregulación o liberalización
de las operaciones transnacionales —con la eliminación de
los controles de cambio o los límites a las entradas y salidas de
capital. En este sentido, en un informe de diciembre de 2003 (The World
Bank, 2004), el Banco Mundial (BM) concluía con un interesante epígrafe
sobre el efecto positivo de las tecnologías de la información
y la comunicación en el desarrollo económico global: «Its
applications provide access to worldwide information and allow for collaboration
between people on different continents. Greater access to information and
opportunities for collaboration can create job opportunities, transfer
of skills, and greater efficiency and transparency in politics
and business» (la negrita es nuestra).
Pero ¿a dónde ha ido a parar este efecto publicitador, de
transparencia, de las TIC en pleno capitalismo financiero?
De la criminalidad financiera y la falta de transparencia
La internacionalización del sistema financiero habría sido,
como decíamos, completamente imposible —a tal ritmo y magnitud— sin
las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
Pero la mayor velocidad, conexión y control de los datos que éstas
permiten no es aprovechada tanto, y paradójicamente, para crear
un sistema más transparente —indispensable para los negocios
legales— como para huir de la transparencia. En efecto, el fenómeno
de internacionalización de los capitales experimentará un
desdoblamiento sin precedentes con el nacimiento de un sistema paralelo
al sistema legítimo: el de los paraísos fiscales.
Los paraísos fiscales, denominación popular con la que se
conoce a los centros financieros extraterritoriales (offshore),
donde extraterritoriales es un eufemismo que significa radicados
en un territorio sin ley (o con muy poco peso de esta), son una realidad
nacida en esa misma época. Su auge se produce a partir de la década
de 1980 y está asociado a la supresión de las trabas legales
y los controles de cambio, y al desarrollo de las telecomunicaciones.
En 2005, un estudio de Tax Justice Network, calculaba que los multimillonarios
del planeta tenían depositados en paraísos fiscales en torno
a 11,5 billones de dólares en activos, los cuales se estimaba generaban
860.000 millones de dólares anuales, que a su vez suponía
un pérdida de ingresos fiscales de 255.000 millones de dólares
al año. Una auténtica economía sumergida en la que
evasión fiscal sólo es la punta del iceberg de sus consecuencias:
el terrorismo, el narcotráfico, el tráfico de armas y de
personas ha encontrado en el escenario extraterritorial el refugio perfecto
para el blanqueo, la especulación y la ocultación.
Sin embargo, es de sentido común que la misma tecnología
que permite la creación de sistemas financieros paralelos opacos
es la que puede cambiar este orden de cosas. Esta es la principal lección
que debemos extraer de la importante investigación realizada por
el investigador galo Denis Robert en los últimos años. A
través de ella se hace evidente que en la misma fortaleza del sistema
financiero criminal —el uso de las TIC— radica su debilidad,
como demuestra la simple existencia de las cámaras de compensación
(clearing, en inglés), sociedades que permiten a las entidades
inscritas en ellas los intercambios financieros con garantías y
sin necesidad de desplazamientos ni contactos presenciales.
A nivel internacional sólo existen dos sociedades que equilibren
el saldo de las operaciones realizados por todas las entidades financieras
del planeta. En ellas se registra en tiempo casi real todos los intercambios
de títulos y de capitales, de los cuales se conserva rastro documental
digital, para mayor seguridad del sistema y de los clientes y usuarios.
A nadie escapa que el control público de estas cámaras de
compensación impediría la opacidad en la que se mueve el
sistema financiero mundial y, por lo tanto, impediría la impunidad
tecnológica en la que se ampara el delito y criminalidad de cuello
blanco, el mayor y principal, actuales.
Paraísos fiscales y sociedades de clearing demuestran que
la tecnología no nos hace mejores si las decisiones políticas
no van en esa dirección. Pero el fraude tecnológico que la
esfera política permite en las finanzas internacionales es una muestra,
en sí mismo, de la disponibilidad de una solución. Porque
el dinero no se evade, lo que se están evadiendo son las responsabilidades
legales, en detrimento del potencial democratizador de las herramientas
tecnológicas disponibles hoy.
