La
internetización de la tecnología
Por
Núria Almiron
El otro día hojeaba una revista de decoración y muebles
que encontré en un rincón de una estantería llena
de libros en casa. Había quedado enterrada tras un montón
de libros y más revistas. Era un número de 1991 pero el
contenido del ejemplar bien habría podido pasar por más
reciente. Soy perfectamente consciente que los diseñadores y
decoradores no estarán en absoluto de acuerdo conmigo y argüirán
que las tendencias en colores y texturas de 1991 nada tienen que ver
con las de hoy en día y que los estilos y acabados tampoco pero,
para los que no somos ni diseñadores ni decoradores, ese número
del 91, que a parte del polvo estaba prácticamente inmaculado,
hubiera colado perfectamente como actual a no ser por una sección
final a la que llegué por casualidad. La sección se llamaba
algo así como novedades tecnológicas o nuevas tecnologías
y echó al traste de un sólo golpe mi ilusión de
estar hojeando una revista actual para coger ideas para mi nueva vivienda.
En poco más de dos páginas aparecían auténticas
antiguallas tecnológicas. Recuerdo una impresora láser
en color del tamaño de un baúl, un Toshiba portátil
de aquellos con diseño de máquina de escribir de los 40,
uno de los primeros teléfonos móbiles, por supuesto analógico,
como el del anuncio de TV que muestran en una tienda de antigüedades,
o un Mac FX que permitía la maravilla de la autoedición
en color por el módico precio de un millón y medio de
pesetas (de hace seis años...). Lo único que sobrevivía
al paso del tiempo con más o menos dignidad era un Walkman de
Sony. Cuando llegué a esta sección pasé de la sensación
de estar hojeando una revista-de-hace-unos-meses a la sensación
de revista-de-hace-unas-décadas y, total, era de
1991, seis años de nada que habían modificado en bien
poco a armarios, cocinas, parquets, cortinas o papeles pintados. Pero
que en cambio habían pasado una buena factura a ordenadores,
faxes y teléfonos.
A esta vorágine que afecta a la innovación tecnológica
no es ajena, por descontado, Internet. De hecho, la red parece haberse
convertido, desde prácticamente su explosión hace ya unos
tres años, en la punta de lanza que dirige la mayor parte de
la innovación tecnológica. Es como si todo se hubiera
impregnado de ella, y es que buena parte del tirón tecnológico
proviene en estos momentos de todo lo relativo a ella. Tanto es así
que las principales empresas del sector informático y muchas
de otros sectores parecen haber convertido a la red en el motivo
y prioridad número uno de su existencia. Es cierto que algunas
lo han hecho más por necesidad, por imperativo de estar en el
grupo de cabeza, que por vocación, pero están ahí.
En cierta manera Internet ha hecho mella en todas ellas de una forma
u otra. Podríamos decir que en estos momentos hay una triple
tipología de empresas informáticas. Primero están
las nacidas para y por la red. Netscape o Progressive Networks (los
creadores de RealAudio y que ahora han lanzado RealVideo) son dos buenos
ejemplos de ello. Estas empresas están haciendo una rica y generosa
(en muchos casos de forma abierta y gratuita) aportación de tecnología
de software. Después están el grupo de empresas que se
han subido al carro imparable de Internet antes de que éste acelerara
lo suficiente como para dejarles tirados. Microsoft y su drástico
cambio de estrategia con respecto a Internet es un gran ejemplo (recientemente
leía que Microsoft ha anunciado que el próximo año
fiscal tiene previsto invertir 1.500 millones de dólares en software
para Internet). Y finalmente, están las empresas que se dedican
a investigar para el resto de la industria. Apple o Sun estarían,
por ejemplo, en este grupo. Las empresas que no se dedican por completo
a Internet o que no han adaptado su estrategia a los nuevos tiempos
son aquellas que trabajan aisladas en nichos muy concretos del mercado,
el resto, si aún no miran hacia la red, lo tienen más
bien duro.
Esta impregnación de Internet en todo lo tecnológico se
evidencia claramente en la transformación que están sufriendo
tanto el sector laboral como los propios ordenadores (software y hardware).
En el ámbito laboral, estamos siendo testigos del mismo proceso
sufrido por las empresas: por un lado están naciendo nuevas profesiones
en este nuevo marco tecnológico (los diseñadores de Webs
o los Webmasters, los gestores de Webs, son dos buenos ejemplos) y,
por otro, se está produciendo una transformación en determinadas
profesiones en las que las nuevas tecnologías han introducido
el componente de poder trabajar a distancia (el teletrabajo, nombre
espantoso pero exacto) o de trabajar en un medio nuevo (periodistas,
creativos o publicistas por ejemplo se encuentran ante un nuevo medio
donde publicar). Pero es sin duda el propio ordenador, la cabeza principal
más visible de la tecnología informática, donde
Internet surte su mayor efecto. La red está afectando al desarrollo
futuro del ordenador tanto a nivel de hardware como de software. Por
lo que respecta al hardware, Internet puede modificar el propio concepto
de ordenador hasta el punto que hay quien propone ahorrarnos los ordenadores
y navegar desde el televisor (esta es la propuesta de WebTV recientemente
adquirida por Bill Gates y, en consecuencia, con muchas posibilidades
de que no volvamos a oir hablar de ello) o de reducir los ordenadores
a meras cajas tontas con las que podamos acceder a todos los contenidos
y software disponible en unos servidores remotos (como aboga Sun con
su Network Computer y su proclama de trasladar la complejidad del escritorio
al servidor, no se qué opinaran los administradores de red de
ello...). Pero a nivel de sistemas operativos y aplicaciones, Internet
está teniendo ya una influencia decisiva en nuestra propia interacción
con el ordenador: en el interface. Su influencia pasa aquí por
tres puntos. Primero por la necesidad de integración de los espacios
de trabajo diarios del usuario con Internet. Segundo por el paso de
la metáfora del escritorio, una concepción de la informática
centrada en el documento, a la metáfora del canal, una visión
centrada en la red. Y tercero por la necesidad de poder acceder a nuestro
espacio de trabajo desde cualquier punto. Me explico:
La integración del entorno de trabajo diario con la red proviene
de la necesidad de disponer de un único entorno, de unificar
las aplicaciones productivas con el acceso a la información.
Esto significa que desde cualquier aplicación con la que trabajemos
habitualmente tenemos que poder acceder a los contenidos de Internet.
Ello supone en suma la integración, en una, de las dos metáforas:
la del escritorio, con la que funcionan los ordenadores personales,
y la de la red, con la que funciona Internet. Las propuestas actuales
al respecto son varias y están lideradas por empresas como Microsoft,
Apple o Netscape. Las opciones van desde integrar el escritorio de trabajo
y todas las aplicaciones productivas a Internet (Microsoft con Desktop
Active) a integrar Internet al escritorio de trabajo (Netscape con Constellation)
o pasar a trabajar mediante componentes separados o módulos a
los cuales se integraría la red (Apple hasta ahora con OpenDoc
y Cyberdog).
Pero aún más importante que esta integración del
interface de Internet con el interface del espacio de trabajo habitual
es el giro que da el flujo de información. Buena parte de las
propuestas actuales entienden que, dado el ingente caudal informativo
que recorre la red y el problema creciente del conocimiento acumulado,
la metáfora debe tomar otra dirección en lo que se ha
denominado la nueva metáfora del canal. En los nuevos
interfaces ya no debe ser el usuario el que acuda a buscar la información
tanto dentro como fuera de su ordenador. Debe ser ésta la que
le encuentre a él. La información debe fluir hacia el
usuario siguiendo unos parámetros marcados por éste en
función de sus intereses, necesidades y objetivos.
Cuando dentro de 15 o 20 años, tal vez menos, miremos atrás,
veremos claramente el giro radical que la popularización de Internet
ejerció sobre la tecnología. No sé si hasta el
punto, como ha afirmado nuestro inefable Bill Gates, de producir más
efecto en la civilización que el propio invento de la imprenta,
pero sí como herramienta tecnológica clave en el desarrollo
de la sociedad de la información.
Publicado en
La Red n¼ 1, septiembre 1997