El
cable: tan cerca y tan lejos...
Por
Núria Almiron
Desde que en diciembre de 1995 se aprobara por fin la ley del cable
(Ley 42/1995 de telecomunicaciones por cable), dentro del marco de la
Ley de Ordenación de las Telecomunicaciones, y tras la modificación
que el gobierno del partido popular realizó en ella por Real
Decreto en junio de 1996, en este país se ha hablado más
que nunca de TV por cable, de fibra óptica y de velocidad en
las comunicaciones. Pero lo que todos los ciudadanos se están
preguntando en este momento es sencillamente: ¿cuando llegará
todo esto a casa? Algo a lo que desgraciadamente no tenemos respuesta
pues a pesar de disponer de la tecnología, como ocurre con la
mayoría de avances tecnológicos, su ritmo de expansión
e implantación siempre es difícil de prever (especialmente
con un tema de alcance global como éste, tan politizado y en
el que confluyen muchos y poderosos intereses).
Como ciudadanos, a todos nos interesa la diversidad de la oferta que
vendrá con el cable (múltiples canales de televisión,
vídeo y música a la carta, telefonía, televisión
interactiva, etc.) pero como usuarios de Internet, no podemos más
que esperar esa fecha y esa hora con enorme avidez por la sustancial
mejora que la navegación por la red conseguirá a través
del cable.
El tema avanza, sin embargo, al ritmo contrario, casi exasperante para
los que utilizamos las comunicaciones a diario, como herramienta vital,
y anhelamos entrar de una vez por todas en la susodicha era de las idem
y dejar atrás los colapsos, atascos y horas que suman tardes
y días enteros perdidos esperando a que el browser de turno se
baje una página. Se ha dicho que el acceso por cable a Internet
es hasta 350 veces más rápido que a través del
teléfono. Cuando se tiene ocasión de probar la navegación
por cable, yo tuve esa oportunidad en la pasada Expo@Internet, no se
puede asegurar que sea exactamente 350 veces más rápida
pero lo que se percibe con claridad es que es mucho más de lo
que podremos jamás obtener a través del teléfono
convencional . Más que suficiente para que Internet sea verdaderamente
una herramienta de uso constante y no una promesa de inmenso potencial.
(Obviamente me refiero siempre a la navegación por Internet,
la navegación por las intranets propias de las empresas distribuidoras
de contenido a través del cable es sencillamente inmediata, los
tiempos de espera no existen) Desgraciadamente, como he dicho, el tema
avanza muy lentamente y a pesar de que la tecnología está
más que a punto, la implantación global del cable no se
presenta como una camino de rosas.
Antes de continuar, hay que dejar bien claro que por cable nos referimos
a las redes de cable híbridas de fibra óptica y cable
coaxial (también denominadas con las siglas HFC) elegidas mayoritariamente
por los operadores de telecomunicaciones de todo el mundo por el bando
de ancha que ofrecen y que permite desplegar todo tipo de servicios
de telecomunicación además de la distribución de
señales de TV analógica y digital. Para navegar por Internet
por ellas existen los llamados módems de cable, una
nueva tecnología que proporciona acceso a los datos a gran velocidad.
Los módems de cable se conectan directamente al ordenador a través
de tarjetas de red sin alterar para nada los canales de TV o demás
ofertas de comunicación que se suministren a través de
esa red. (Para más información os recomiendo la página
de Alberto Murillo, un ingeniero de telecomunicaciones que brinda sus
conocimientos en http://usuarios.isid.es/users/amb/catv.htm).
Evidentemente, los atascos inherentes a la red, los cuellos de botella
y los servidores abarrotados o simplemente los problemas propios de
los proveedores de acceso, derivados de un exceso de abonados para el
equipo del que disponen, no desaparecen por arte de magia ante el cable
y los módems de cable. Pero, aún así, es posible
navegar muchísimo más rápido y, evidentemente,
enviar y recibir datos a una velocidad más que satisfactoria.
Comparado con las precarias y lentas velocidad de hoy en día,
la perspectiva del cable es maravillosa.
La citada ley del cable determina además un panorama de concesiones
por demarcaciones que da lugar a la aparición de numerosos prestatarios
de servicios distintos y con situaciones diferentes para cada demarcación
por lo que, el avance del cable será, como ocurre en el resto
de países europeos, distinto según regiones y eficacia
y calidad de los operadores. En Catalunya, por ejemplo, el único
explotador hasta 1999, Cable i Televisió de Catalunya, sólo
ha realizado hasta hoy una experiencia piloto de servicios con 20.000
unidades familiares y, a pesar de que ha prometido llegar a tres o cuatro
grandes capitales catalanas antes de abril, se hace difícil imaginar
como van a hacerlo, dado el ritmo que han llevado hasta ahora.
Los usuarios tenemos pues aún un panorama bastante desalentador.
Cuando el cable llegue a las grandes ciudades empezará por ofrecer
servicios de televisión y vídeo, incluso de telefonía
antes de empezar a ofrecer acceso a Internet (insisto que esto puede
variar según demarcaciones pero en general este será el
panorama que nos espera). En una segunda fase podrán apuntarse
a ello las poblaciones del área metropolitana de las grandes
ciudades y sólo al final las poblaciones más alejadas
(y seguramente no todas). Entre los ciudadanos hay cierto temor ante
las tarifas que cobrarán los operadores por sus servicios, algo
que posiblemente no debería preocuparnos, serán bajas.
Lo que sí debería ser motivo de preocupación (y
de exigencia) es saber cuando llegará por fin este híbrido
de cable óptico a nuestros hogares, puesto que cada día
que pasa sin él es un día más de lenta agonía
en esta edad de piedra de las comunicaciones en la que vivimos.
Publicado en
La Red nž 7, marzo 1998