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San Francisco
Steve Jobs quiere que Apple sea una compañía global pero existen algunas contradicciones latentes en esta idea

Por Núria Almiron


Desde el emblemático puente Golden Gate –estampa inmejorable para postales, imanes de nevera y gorras de béisbol donde las haya–, “puerta de oro” de entrada a la gran bahía de San Francisco, es desde donde se divisa la mejor vista de la ciudad. De una ciudad que representa como ninguna la esencia de Apple, y, de todo Sillicon Valley por extensión, y que nos da las claves para entender por qué el Mac ha penetrado tan poco en mercados como el español, y cual es la cultura que lo ha engendrado. Y ello en un momento de economías globales, mercados universales y unificación cultural.; después de algunos tropiezos en el crecimiento imparable del Valle del Silicio; y después de no pocos altibajos de la compañía de la manzana. A pesar de todo ello, digo, esta ciudad y Apple siguen transpirando lo mismo, respiran, como no, el mismo oxígeno. Desde el Golden Gate, os lo aseguro, ya se percibe muy claramente.
Poco importa si ha sido Apple la que ha sabido conservar, a pesar de los tiempos, de los CEOs y de las ideas, eso que la distinguía de las demás, lo que Steve Jobs llama “ser una empresa con alma”; o si ha sido él mismo, Steve, quien ha conseguido que esta alma no se perdiera irremediablemente o incluso el que la ha recuperado del olvido. Poco importa porque esa alma no es algo abstracto ni vago, sino real y tangible pues no es otra cosa que la suma de muchas almas, de muchos talentos personales que son los que verdaderamente empujan a la compañía (teniendo a Steve como líder, sí claro, pero eso por sí sólo no bastaría). Y esas almas comparten una visión, una forma de entender las cosas que se palpa especialmente en la misma ciudad que las acoge. Así, la herencia del hippismo asoma por muchos rincones de la ciudad –no en vano el San Francisco de la posguerra acogió a la generación beat en los años 50 y fue capital del flower power en los 60– del mismo modo que está latente en el propio pasado de los fundadores de Apple (y de muchos usuarios de Mac). De esa cultura California ha heredado banderas pioneras como la ya no tan moderna preocupación por la dieta y la salud (este Estado es el que tiene la legislación antitabaco más dura de los Estados Unidos por ejemplo). Y qué decir del empuje de la gente de la zona, que ha dado lugar a uno de los índices de garage-entrepeneurs (empresas fundadas en un garaje) más elevados del país en cuanto a creación de empresas tecnológicas se refiere, algo de lo que da fe que en ella se asentara el mítico Sillicon Valley. La ciudad, como no, es además un hervidero de culturas y razas, pero mucho más mezcladas y menos encerradas que, por ejemplo, la urbe racial por antonomasia: Nueva York. Todo esto forma parte de la cultura que empuja a Apple.
En definitiva, independientemente de que uno comulgue o no con ese estilo de vida, creo que estaréis de acuerdo conmigo con que existe una flagrante contradicción entre esta cultura y las culturas-Apple de fuera de los Estados Unidos. La aceptación de la prohibición de fumar absolutamente en todas partes, la proliferación de comida vegetariana, la obsesión por la salud, la profusión de cabellos largos y camisas a cuadros y la ausencia total de corbatas y trajes entre los ejecutivos de Cupertino (por no hablar de su informal forma de expresarse en público) no puede desatar muchas complicidades entre sus correligionarios europeos, más bien todo lo contrario... (Los pósters recomendando comer sano y hacer deporte regularmente que cuelgan de las paredes del restaurante de Apple en Cupertino, por ejemplo, deben recordarles más a la consulta del médico o del dentista –los únicos lugares donde se pueden colgar aquí estos pósters sin riesgo de parecer cursis– que a la sede de una multinacional).
Probablemente más de uno pensará que estas diferencias culturales entre las Apples de este nuestro mundo global son lógicas, que a cada cual lo que le es propio a su cultura, pero es que entonces la diferencia desaparece y, sin diferencia, acabamos todos con un PC. Es decir, no tiene sentido transportar a Apple fuera de sus fronteras sin su esencia. Puede ser legítimo, pero no tiene sentido.
Sea como fuere, cuando San Francisco se altera por el trajín de la MacWorld, uno se da cuenta de que Apple puede seguir adelante, ser absorbida, fusionarse con otros o simplemente perecer, pero que siempre habrá gente dispuesta a seguir adelante con lo que representa. La propia ciudad, una de las áreas geográficas con mayor calidad de vida de todos los Estados Unidos, lo demuestra con su periódica fuerza y energía para sobreponerse a esos azotes que cada tantos años la asolan. Azotes, terremotos de magnitud extrema, que indudablemente han de dotar a sus habitantes de un carácter “diferente” para poder “vivir”, como decía Rosana, “sin miedo”, que es la única manera posible de vivir.

Publicado en el nž 5 de MacByte, febrero de 1999