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Milenarismos, símbolos y otros efectos psicológicos

Por Núria Almiron


Me permitiréis que en fechas tan especiales no dedique esta columna a ninguna nueva tecnología, ni al Macintosh ni siquiera a Internet. La llegada del año 2000 y abandono de la primera decena en la primera mitad de nuestra forma de contar los años ha generado tanta polémica que se me hace irresistible abstenerme de comentar algunas cosas (entre ellas que el Mac OS estaba preparado para ello desde hacía unos cuantos años ;)).
La verdad es que, sin ánimos de ir de purista, no puedo comprender por qué tanto alboroto alrededor de una fecha absolutamente ficticia y arbitraria. Mejor dicho, sí lo comprendo. A nuestra sociedad nos encantan las celebraciones, las cifras mágicas y las fechas señaladas. Sólo que somos tan singulares que lo que sea que celebren, simbolicen y señalen esas fechas parece traer sin cuidado a la mayoría. Y si bien es cierto, como me recordaba un amigo hace poco, que el mejor fin de siglo no tiene porque ser el matemáticamente exacto, también es cierto que ni uno ni otro (ni el que celebramos ni el que matemáticamente deberíamos celebrar) son fruto de otra cosa que no sea una forma como cualquier otra de contar los años.
De los más de cuarenta calendarios que por lo visto actualmente están vigentes en el mundo, el nuestro llega al 2000 este uno de enero (los judíos van por el 5.760, los musulmanes por el 1.420, los chinos por el 4.636, y así un largo etcétera). Cada uno se debe a una arbitrariedad distinta fruto de la necesidad de computar de una u otra manera el paso del tiempo y de los oportunos acontecimientos que cada sociedad da como puntos de partida válidos. Nuestro acontecimiento especial es el año de nacimiento de Jesús de Nazaret. ¿Quién lo decidió así? Evidentemente la iglesia, creo que no es necesario recordar que vivimos en la sociedad cristiana del planeta. Si no tengo mal entendido, en el siglo VI, concretamente en el año 532.d.C., el Papa Juan I solicitó al monje y astrónomo Dionisio el Exiguo que confeccionara un calendario cristiano. Así fue como surgío la idea que los cristianos contarán los años a partir del nacimiento de Jesucristo y no del reinado de Diocleciano (emperador romano que por cierto había perseguido a los cristianos con mucha saña) ni de la fundación de Roma (otro acontecimiento más bien poco celebrable para un cristiano). A Dionisio el Exiguo debemos pues que la historia, nuestra historia, se dividiera en un antes y un después de Cristo.
De esta forma, el 1 de enero del año romano de 754 se convirtió en el inicio del primer año de nuestra Era. Lo anecdótico, y que ha generado la actual confusión, es que los romanos no conocían la cifra cero así que del 1 antes de Cristo se pasó directamente al 1 después de Cristo y por lo tanto, matemáticamente hablando, no entraremos en el tercer milenio de nuestra era hasta el 1 de enero del 2001.
Pero, como decía al principio, no es mi intención reivindicar que las celebraciones de la entrada del nuevo siglo y del nuevo milenio se aplacen un año para que cuadren los números sino simplemente invitar a reflexionar sobre todo ello.
En definitiva, ¿qué es lo que celebramos con tanto ahínco? ¿Un cambio de siglo, de milenio, una cifra mágica? De hecho, para ser exactos, esto no lo celebramos ni ahora ni el año que viene pues según relataba un artículo del teólogo Juan-José Tamayo del pasado 24 de diciembre en El País, existe prácticamente un consenso generalizado entre los expertos de que Dionisio el Exiguo se equivocó en 4 o 6 años al calcular el año de nacimiento de Cristo, de manera que el dos mil aniversario de su nacimiento habría tenido ya lugar entre el 1994 y 1996. En suma, que se trata la nuestra de una celebración simbólica, fruto de una forma de contar arbitraria y que para colmo ni siquiera es exacta para con el punto de partida que se había tomado como legitimador de su existencia. Así que no nos queda nada más que el efecto psicológico de la cifra en sí misma, vacía y sin mayor connotación que ser eso, un dos seguido de tres ceros (efecto psicológico que los medios de comunicación y el sector de la restauración y el ocio se han encargado de potenciar y exprimir en todo su jugo, no lo olvidemos).
Nada más lejos de mi intención el intentar aguar la fiesta a nadie. Igual de absurdo que la celebración de una cifra inexacta que simboliza una forma de contar inicua me parece abogar por la celebración en otra fecha más matemáticamente correcta (lo que se hace en páginas como http://manifiesto2000.astrored.org/). Faltaría más. Que cada cual celebre lo que quiera cuando quiera. Solo que, puestos a hacerlo… ¿por qué no celebrar los 200.000 años de la existencia de la humanidad o los 15.000 millones de años de la explosión del universo? Tampoco son fechas precisamente exactas pero al fin y al cabo mucho más simbólicas y con un efecto psicológico potente como pocos. O tal vez no. En tiempos de globalización e individualismos, de internacionalización y nacionalismos, de erudición y culebrones, lo que para uno es el cosmos para otro no es más que su ombligo. Mejor dejar a cada uno que brinde por lo que quiera. ¡Feliz 2000 a todos!

Publicado electrónicamente en Nuria OnLine y en Macuarium el 30 de diciembre de 1999


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