La
política del siglo XXI
Septiembre
2001 - Núria Almiron
Cuatrocientos
millones de personas utilizan en estos momentos la Red. Lo que empezó
como un experimento académico y prosiguió como una herramienta
libertaria se ha convertido hoy en día en un asentamiento colonizado
por todos: ocio, comercio y trabajo. O, mejor dicho, por casi todos.
La actividad política, la que pretende dirigir el destino de
la Red, sigue teniendo lugar esencialmente al margen de ella y, sin
embargo, los efectos que el uso de Internet puede tener en la esfera
política pueden ser demoledores.
Los modelos que se dibujan en el aire son fundamentalmente de dos tipos.
El modelo norteamericano apuesta por aumentar la democracia directa,
es decir, que Internet se convierta en el instrumento que multiplique
la participación de los ciudadanos en la política. El
modelo europeo se contenta con utilizar Internet para mejorar la democracia
representativa que tenemos en nuestros países, es decir, consultando
sí a los ciudadanos pero abriendo menos instancias de decisión
directa para ellos. Pero ¿qué significa llevar la política
a Internet o, lo que viene a ser lo mismo, aplicar la revolución
digital a la política?
La
democracia electrónica
En
términos prácticos, las ventajas que prevén tanto
uno como otro modelo tienen efectos directos sobre todos nosotros, los
ciudadanos. Por ejemplo, la simplicidad y rapidez del voto electrónico,
tanto para el votante como para quién debe contar los resultados,
debería permitir convocar elecciones y referéndums mucho
más a menudo y que el ciudadano decidiera de forma directa sobre
muchos más temas. Además, el desinterés creciente
de la ciudadanía por la política podría combatirse
porque el medio digital facilita la agrupación y contacto entre
las personas, que podrían transmitir sus opiniones mucho más
eficazmente y constituirse en grupos de presión con mayor o menor
influencia. Si sabemos que nuestra voz va a ser oída más
fácilmente tal vez ello nos motive a participar más activamente.
¿Otros
ejemplos? Con Internet también es posible aumentar el grado de
información política de los ciudadanos tanto sobre los
temas de interés general como sobre la ideas que defienden los
partidos y el perfil de sus candidatos. Los partidos podrían
contar con una herramienta inmejorable para hacerse más transparentes
y darse a conocer mejor. La facilidad de interacción entre ciudadanía
y clase política podría permitir reducir la distancia
creciente que se ha generado entre unos y otros, no sólo porque
conoceríamos mejor a quienes nos representan, sino también
porque los ciudadanos podríamos recuperar el liderazgo en la
construcción de lo que se denomina la agenda política:
la lista de temas a los que se dedica tiempo y recursos en una sociedad.
Evidentemente
todo ello representa una visión muy optimista del futuro. La
manipulación política, el fraude y la distorsión
de la información (para por ejemplo captar votantes) también
podrían explotar este escenario, pero el potencial de beneficio
que entrañaría que los políticos incluyeran Internet
en su esfera de actuación es real. De hecho, en lugares como
Estados Unidos o los países nórdicos ya se están
empezando a implementar algunos modelos de democracia digital. Es el
caso de los foros de debate electrónicos formados por ciudadanos
para ayudar a los políticos en la toma de decisiones. El objetivo
no es otro que llegar a alcanzar soluciones mejores y es evidente que
siempre hay más posibilidades de ello si en lugar de reflexionar
un puñado de mentes (politizadas y burocratizadas en su mayoría)
también lo hacen algunos centenares de ciudadanos susceptibles
de verse afectados por la decisión tomada. De este modo, por
ejemplo, todo un barrio en pleno podría participar en las elucubraciones
previas a la construcción de un determinado equipamiento y en
la decisión misma de su construcción. Algo parecido a
lo que muy pioneramente han puesto en marcha algunos municipios brasileños,
pero en versión digital y ampliada.
Ventajas
versus discriminación
Las
ventajas de una digitalización de la política son pues
claras y ello sin contar con la eliminación de las barreras geográficas
que las redes aportan. Sin embargo, este escenario tiene algunos puntos
débiles. El principal es que se requiere estar conectado a la
Red y, aunque cada vez hay más personas con ordenador personal
e Internet en casa, es lógico pensar que todavía falta
mucho para que todo ello pueda ser aplicable. El 15% de usuarios de
Internet en España, por ejemplo, es un número claramente
insuficiente. De todos modos, aunque una mayoría de la población
estuviera conectada a Internet (en Estados Unidos y algunos países
nórdicos lo está más del 50%), es evidente que
utilizar la Red como canal de expresión política podría
suponer una clara discriminación para todos aquellos que no están
todavía conectados, o incluso un filtro social en la medida que
el perfil de los no conectados responde a una tipología de personas
que no estarían representadas en una democracia digital como
ésta.
Para los detractores de la democracia electrónica, ampliar la
participación de los ciudadanos a la política y la vida
democrática en general no es beneficioso per sé. La falta
de información o de formación del electorado sobre muchos
temas le inhabilita para tomar decisiones razonadas y eficientes. Para
poder solicitar a los ciudadanos su voto sobre los temas más
diversos (que pueden ir desde la construcción de un pantano en
un determinado lugar hasta el número de carriles que desean en
una autopista) sería preciso dotarles antes de la información
necesaria para que pudieran tomar una decisión razonada y justa.
Ello es posible pero complica las cosas. Sea como sea, la política
tampoco escapará a la digitalidad creciente de nuestras sociedades.
Lo difícil es predecir cuando ocurrirá en los tiempos
que corren.
En
revista R-
©2001
Núria Almiron