De
motos vendidas y bandas anchas...
Noviembre
2001 - Núria Almiron
Desde
que Internet es Internet, es decir, desde que el fenómeno provocado
por las tres W sale en televisión, hay una ideología de
moda que penetra en todas las capas sociales. Esa ideología defiende
que cuantas más personas estén conectadas a Internet más
moderna es una sociedad. Y como todos sabemos que quien pierda el vagón
de la informacionalización pierde el tren del progreso porque
eso nos lo vienen repitiendo machaconamente políticos, empresarios,
periodistas y gurús varios, es preciso conectar a cuanta
más gente mejor sin pérdida de tiempo.
Y
así se fabrican internautas nuevos cada día, nacen Telecentros
de trabajo y acceso a Internet por doquier, se regalan ordenadores personales
para que la gente se conecte o se diseñan planes faraónicos
con miles de millones de pesetas en sus presupuestos e interminables
retahílas de objetivos (como el Plan Info XXI de nuestro inefable
Ministerio de Ciencia y Tecnología), cuya finalidad última
es, básicamente, conectar a cuanta más gente mejor. Es
decir, sentarlos delante de un ordenador, un módem a 48.000 bps
y el correspondiente software de navegación. El resto es progreso,
dicen. Pero se equivocan
, o nos engañan.
A
pesar de lo muy encomiables que puedan ser todos estos gestos para acercar
la ciudadanía a la sociedad del conocimiento, lo que hemos hecho
hasta ahora no es penetrar en la sociedad de la información sino
simplemente creer que lo hacíamos. Igual que el progreso no es
dar una bicicleta a cada hijo de vecino y decirle que el cielo está
al alcance de su pedaleo, tampoco el progreso que conduce a la era informacional
pasa por la mera conexión, se precisan canales de acceso potentes
al mundo digital para que lo que generemos sean ciberciudadanos, no
simples cibervisitantes. La banda ancha no es Un requisito más
para avanzar, es El requisito para avanzar.
La
banda ancha, dicen, es ya una realidad: que si España va a estar
completamente cableada en breve, que si Telefónica dará
acceso con ADSL en el 95% del territorio nacional, que si la prioridad
de tal o cual gobierno autonómico es potenciar el acceso de banda
ancha. Lo cierto, sin embargo, es que hemos llegado a finales del 2001
con unas tasas de penetración de ADSL o cable de las más
bajas de Europa. Ni siquiera alcanzamos los niveles europeos de penetración
de RDSI (que no es banda ancha pero menos es nada): en Noruega o Alemania,
por ejemplo, entre el 40 y el 50% de los hogares tienen RDSI, sólo
el 3% en España. Peor parados salimos en comparación con
los EE.UU, donde los usuarios finales tienen entre tres y seis veces
más de ancho de banda que los europeos.
Entrar
en las autopistas digitales con una conexión telefónica
convencional no es sinónimos de entrar en ninguna sociedad de
la información, y sin embargo así es como se conecta todavía
la inmensa mayoría de usuarios en este país. La banda
ancha (que incluye conexión por cable, satélite, línea
especializada o ADSL) es la llave que convierte en realidad el tópico
la información es poder. Sin banda ancha no hay poder
ni sociedad de la información. Y aunque las previsiones sean
inmejorables y el ADSL tenga índices de crecimiento imparables,
los discursos oficiales triunfalistas que sitúan a España
en el paraíso digital son especialmente molestos
para los ciudadanos bien informados que leen los periódicos y
saben que seguimos estando a la cola de Europa en acceso a Internet,
penetración de ordenadores e infraestructuras de banda ancha.
Llegamos tarde, como siempre, es el colmo que encima pretendan vendernos
la moto de lo contrario.
En
revista Tiempo-
©2001
Núria Almiron