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La brecha digital

Abril 2002 - Núria Almiron

A principios del 2002 las voces más optimistas indicaban que había 500 millones de internautas en todo el planeta. Quinientos millones de personas que, en algún u otro momento de su vida, se conectaban o se habían conectado a Internet. Es ésta una cifra muy difícil de creer (a muchos de los que encargan las estadísticas les interesa que esta cifra vaya en aumento para que no se detenga la “revolución digital”) y todavía más de validar (algunas estadísticas consideran internauta a cualquiera que se haya conectado una sola vez a la Red) pero, aunque fuera cierta, ello supone menos del 10% de la población mundial. Teniendo en cuenta que el acceso a Internet es indispensable para poder participar en eso que llaman la “sociedad de la información” y acceder de este modo a las herramientas que conectan con la riqueza (recuérdese que la información y el conocimiento son el principal capital para progresar en la sociedad digital), parece evidente que todavía son unos pocos los privilegiados que gozan del nuevo medio. Porque, además, de ese 10% de ciudadanos del mundo con acceso a la Red, sólo unos pocos navegan a través de autopistas de la información (con accesos de alta velocidad como el cable o el ADSL); la mayoría, más del 80%, lo hace a través de caminos mal asfaltados que a duras penas pueden llamarse “carreteras” de la información. De modo que finalmente descubrimos que sólo una pequeña élite mundial está en condiciones de aprovechar los beneficios que aportan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que tienen a Internet como abanderada.

La geografía de la Red

Para analizar la divisoria que se está creando entorno al uso de la Red algunos estudiosos, hablan de una triple dimensión geográfica de Internet: la técnica, la espacial de sus usuarios y la de producción. La geografía técnica de Internet se refiere a la distribución de las infraestructuras de telecomunicaciones en el mundo. Según esta distribución los Estados Unidos se llevan, naturalmente, la palma. La mayor parte del tráfico de Internet pasa por infraestructuras norteamericanas que son las que poseen los principales y más importantes nodos de la Red. Aunque eso no significa que cualquier ciudadano del tercer mundo no pueda usar esos nodos para navegar, es evidente que la capacidad de las infraestructuras nacionales mediante las que realiza su enlace local serán muy inferiores a las de un ciudadano estadounidense o europeo. La segunda geografía de Internet es la resultante de la distribución de sus usuarios. En estos momentos más de la mitad de los usuarios de Internet están en los Estados Unidos y el resto se encuentran en su inmensa mayoría repartidos entre Europa, Japón y Australia. Por último, la geografía de la producción, de los núcleos que fabrican los equipos y los contenidos de la Red, todavía está más concentrada en unos pocos reductos norteamericanos y japoneses, con alguna excepción europea (Suecia y Finlandia por ejemplo gracias a Ericcson y Nokia).
En síntesis, el uso de Internet y todo lo que le rodea (construcción de infraestructuras y producción) es todavía muy minoritario y además está muy concentrado en ciertas esferas del primer mundo. Y lo peor de todo es que se trata de un pez que se muerde la cola: cuanta mayor riqueza, mayores infraestructuras y mayor uso y explotación de la Red (y mayores posibilidades para aumentar la riqueza); cuanto más pobreza menores infraestructuras y menores posibilidades de acceder a la Red (y de dejar de ser pobres). Las diferencias en la productividad se disparan. Los ciudadanos del primer y del tercer mundo se alejan cada vez más entre sí.

Tecnologías que unen y separan

Existe una percepción común generalizada al respecto del poder de la tecnología para frenar esta divisoria creciente. Basta con dotar de tecnología al tercer mundo (o al cuarto mundo, ese mundo pobre que sobrevive dentro del mundo rico). Si la tecnología como Internet aumenta la productividad del mundo rico, bastará con ofrecer esa misma tecnología a los pobres para que salgan de su miseria. Las formas de poner en práctica esto van desde la deslocalización del trabajo del mundo rico al mundo pobre (instalar allí nuestras multinacionales con toda su tecnología) hasta los préstamos y créditos para que el mundo pobre pueda despegar tecnológicamente. Sin embargo, todo parece indicar que en ningún caso ello está beneficiando a la mayor parte de la población pobre del planeta. De nuevo, en los países pobres, sólo una elite muy minoritaria se beneficia de estos mecanismos. El motivo es bien sencillo: las multinacionales no se van de Europa o los Estados Unidos a Asia para llevar riqueza a sus poblaciones, sino para reducir costes y mantener beneficios. Esa es la lógica de la economía de libre mercado. Cada cual busca su propio interés. Y de los préstamos sólo se beneficia una elite muy minoritaria. Así las cosas, las tecnologías como Internet están en estos momentos separando más que uniendo al mundo porque sólo unos pocos pueden aprovecharlas y, esos pocos, son los que ya estaban en la mejor posición de partida. Además, la divisoria se acrecienta no sólo entre países pobres y países ricos, también dentro de los propios países ricos. Y es que la divisoria digital está aumentando de la misma manera que aumenta la divisoria general: la de la distribución de la riqueza.

Así es, en las últimas tres décadas el crecimiento del PIB (el Producto Interior Bruto), el indicador que mide la riqueza de los países, ha aumentado notablemente en todo el planeta en su conjunto. Pero del mismo, de este crecimiento, sólo se ha beneficiado menos de un 20% de la población mundial. En realidad, el 85% de este PIB se concentra en la actualidad en el 12% de la producción mundial que es lo mismo que decir que una décima parte de los productores mundiales se quedan con casi todo el pastel.

Tenemos la suerte de formar parte de la clase privilegiada de los países privilegiados de este planeta (yo por escribir sobre esto y ustedes porque pueden permitirse el abonarse a un medio como el que les ofrece esta publicación). Sin duda, por poco o mucho que hayan empleado tecnologías de la información como Internet, ninguno de ustedes puede clasificarse de analfabeto digital. Por el mero hecho de poder consumir televisión, Internet o telefonía por un cable de fibra óptica todos ustedes forman parte de una elite entre las elites. La mayor parte de personas, no ya del tercer mundo, sinó de este país, no pueden. Ni siquiera pueden acceder a la sociedad de la información a través de conexión telefónica convencional. Para ser exactos no es que no puedan (cualquier biblioteca o escuela ofrece acceso), es que sus prioridades vitales son otras. Mucho más básicas. La sociedad de la información es algo lejano y surrealista cuando las necesidades elementales se cubren a duras penas o no se cubren. Lo mínimo que podemos hacer los que hemos tenido la suerte de tener acceso a la tecnología, y dado que lo tenemos muy difícil para cambiar ahora mismo las cosas, es aprovechar ese acceso privilegiado para hacernos mejores personas, más cultas y más sensibles, no para embrutecernos o evadirnos del resto. Tal vez así algún día las cosas puedan contarse de otro modo.

 

Publicado en Revista R, abril 2002- ©2001 Núria Almiron


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