Almiron.org
Home

 

La literatura y la Red

Mayo 2002 - Núria Almiron

Muchos de los grandes autores de la literatura clásica universal nunca obtuvieron ni el prestigio ni la popularidad en vida que sus obras les proporcionarían tras su muerte, con el paso de los años. El mayor reconocimiento póstumo se ha debido tradicionalmente a dos fenómenos: la evolución de los gustos y la cultura (muchos autores se anticiparon a su época), y a la necesidad de tiempo para la difusión de su obra. La mayor difusión de sus textos fue elemental para permitir una mayor comprensión y reconocimiento de los mismos. Si James Joyce, Gustave Flauvert o Frank Kaffka hubieran tenido Internet a mano quizás Ulises, Madame Bovary o El Proceso habrían obtenido mayor reconocimiento mucho antes del que experimentaron en el momento de su publicación. Estos autores, así como muchos otros anteriores, no alcanzaron en vida ni una fracción de la popularidad y el prestigio (ni, en la mayoría de casos, el bienestar económico que acompaña a ambos) que su muerte y los años les proporcionarían. La revolución digital no construye Joyces, Flauberts o Kaffkas pero sin duda hace mucho por la difusión necesaria para avanzar esos momentos. Hoy en día oímos por todas partes hablar de televisión digital, arte digital, educación digital… pero muchos autores noveles han encontrado en esta revolución también una revolución literaria: la de la literatura digital.

¿Qué hace Internet por la literatura?

Que nadie se lleve a engaño: la edición en papel sigue siendo la reina de las ediciones. La que otorga más prestigio y más beneficio económico. Frente a ella, la edición digital es vista por algunos como un “arte menor”: si publicar en digital es más fácil que hacerlo en papel la calidad de las obras digitales por fuerza debe estar menos garantizada. Pero, ¿acaso lo está la de las obras en papel? Lo cierto es que el papel arrastra un áurea de prestigio cuya desmitificación sólo es cuestión de tiempo. Tiempo para entender que un editor digital puede tener tanto talento y buen ojo como un editor en papel o, al menos, no peor. Por lo pronto, la literatura digital está ejerciendo dos buenos y saludables efectos: el primero es el de facilitar la publicación de sus obras a autores desconocidos que no encuentran editores en papel sensibles a sus propuestas; el segundo es reanimar un sector, el literario, de un modo completamente inimaginable hace solo diez años. La literatura digital está reactivando, modesta pero insistentemente, el gusanillo de las letras en una sociedad sometida al audiovisual.

En cuestión de pocos años han surgido en Internet un sin fin de propuestas editoriales más o menos serias que ofrecen a los autores poco o nada conocidos la publicación de sus textos en formato digital para su comercialización a través de Internet. Lo habitual es que la propia editorial revise y convierta el texto a alguno de los formatos más corrientemente usados para leer textos de forma digital (PDF, Microsoft Reader o el formato del dispositivo Palm) y a cambio ofrezca un porcentaje sobre las ventas (en concepto de derechos de autor) bastante más elevado que en el mundo del papel (y es que los costes y los intermediarios se reducen drásticamente): algunas editoriales llegan a ofrecer el 50% del precio de venta público del libro digital a sus autores (en papel lo normal es rondar el 10% cuando no se es una primera figura). Los lectores del formato digital todavía son pocos, motivo por el cual las ventas no son nada espectaculares, pero nadie puede negar que la edición digital puede dar opciones a autores que tengan algo que decir en el panorama literario y no encuentren los cauces en el mundo tradicional. Algunos ejemplos de editoriales digitales son: LibrosEnRed (http://www.librosenred.com/); VirtuaLibro (http://www.virtualibro.com/), que además se pone como objetivo la recuperación de clásicos literarios en lengua hispana para su difusión en Internet; Jazzbird (http://www.jazzbird.com.ar/); Adelal (http://www.ddnet.es/noproblemo/adelal/), un proyecto de origen gallego que fue una de las primeras editoriales digitales en castellano; El Libro Digital (http://www.ellibrodigital.com); El Aleph (http://www.elaleph.com), etc..
Sin embargo, tanto o más que al aumento de opciones para publicar, en los últimos años hemos visto cómo este fenómeno está suponiendo una revitalización inesperada para todo lo literario. En Internet se suceden la aparición de concursos y premios literarios (a los que es mucho más fácil participar, basta con enviar por correo electrónico el texto), aumenta la interacción entre autores y lectores y entre los híbridos de ambos (lectores que también son autores o autores que se leen entre sí), y se fomentan nuevos modos de creación literaria como son la redacción compartida de historias (escribir relatos entre muchos no es nada nuevo pero sí lo es el alcance, rapidez y mayor experimentabilidad que permite la Red). José Saramago ha sido uno de los últimos en apuntarse al invento iniciando un cuento breve, de título “Un azul para marte”, que reta a los internautas a finalizar (en http://www.ntte.org/cuento/index.html).

El inmenso universo que es la red permite además la aparición de todo tipo de especialidades y enfoques: http://www.escritoras.org es una revista sobre escritoras, http://www.expoescritores.com/ es una feria electrónica de escritores que escriben en español, http://www.portaldellibro.com/ aspira a ser la enciclopedia del libro en Internet, http://www.escritores.org ofrece recursos para escritores en general, etc.

¿Dónde están los inconvenientes?

Cada vez son más los autores famosos que se atreven a publicar una obra sólo en Internet (desde que Steven King estrenara el medio muchos lo han probado, en España Arturo Pérez Reverte o Fernando Arrabal por ejemplo), pero no todos tienen claras las ventajas de la publicación digital. Sin duda la literatura digital también tiene inconvenientes. El primero son las reducidas ventas (no para autores como King, claro, capaces de vender 400.000 ejemplares online en un mes) y el segundo, y más principal, es la piratería (que afecta a todos por igual). Los textos digitales no son a priori más fáciles de copiar que cualquier texto en papel (para el que basta una fotocopiadora a mano). En realidad son más difíciles de copiar puesto que normalmente se comercializan protegidos para ser leídos en un único dispositivo electrónico, limitando así su copiado entre aquellos poco dados a desembolsar de 5 a 15 euros, que es lo que valen estos textos de promedio. Sin embargo, saltarse estas barreras de protección es relativamente fácil (para los expertos, por supuesto) y ya hay quien se ha especializado en lograrlo. Una vez eliminada la protección, evidentemente sí es más fácil piratear un texto digital que uno en papel, basta con enviarlo por correo electrónico a los amigos o transmitirlo por infrarrojos a sus PDA (un Palm por ejemplo). Sin embargo, los miedos y temores se deben más al desconocimiento y la novedad del medio que a la realidad en sí. Y la realidad en sí es que, en cuanto existan dispositivos de lectura tan cómodos como los libros de papel, las cualidades de los textos digitales resplandecerán por sí mismas: son mucho más fáciles, rápidos y baratos de conseguir.

¿Va a desaparecer el libro de papel? Por supuesto que no. Pero dada la escasez creciente de materia prima (de pasta de papel, de árboles en suma) y el consumo creciente de papel que hace la humanidad, es evidente que estos acabaran relegados a objetos de lujo que compraremos cuando queramos hacer, o hacernos, un obsequio. Los textos digitales son mucho más económicos y ecológicos en todos los sentidos. La literatura digital sólo asusta por el calificativo de “digital”. Pero todos estos temores se desvanecerán en cuanto toda la literatura, o la mayor parte de ella, sea digital. Entonces dejaremos de llamarla con este apelativo y volverá a ser simplemente “literatura”.

 

Publicado en Revista R, marzo 2002- ©2001 Núria Almiron


© Núria Almiron 2000