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Urnas Digitales

 

La imagen de una indígena anciana, vestida con turbante de plumas y colores vistosos, ejerciendo su derecho a voto es sin duda un icono que encandila al mundo occidental. La visión del exotismo –que, al menos a ojos occidentales, encarna lo más primitivo– mezclándose con la democrática modernidad, esto es, introduciendo una papeleta electoral en una urna, siempre tiene gran atractivo para el mundo supuestamente moderno. Uno se pregunta si esa señora sabrá leer (probablemente no), e intenta discernir a través de la expresión de su cara si ese acto constituye simplemente el cumplimiento del dictado de un tercero (marido, cacique o cura, por poner tres ejemplos clásicos) o si esencialmente está impulsado por la responsabilidad cívica y consciente del deber de ir a votar. En nuestras sociedades del bienestar, donde los políticos han perdido tanta credibilidad y se combate a diario para que la participación no descienda, que una anciana india de la tribu brasileña de los Satere Mawe, según reza el pie de la foto, acuda sonriente a depositar su voto en el corazón de la Amazonia produce sin duda cierto alborozo interior. Pero la fotografía que visualizo mientras escribo esto, relativa a la última jornada electoral brasileña, va más allá de la responsabilidad ciudadana y de las ideologías.

Las pasadas elecciones legislativas de este inmenso país que es Brasil presenciaron una considerable novedad; además de dar como ganador al candidato de la izquierda, claro, Luiz Inácio Lula da Silva. Me refiero al uso que en ellas se hizo de unas modernas urnas electrónicas. Las autoridades repartieron más de cuatrocientas mil de estas urnas para facilitar el voto de los ciudadanos en un país donde algunos tienen problemas de identificación de las papeletas. Es preciso recordar que Brasil posee una de las tasas de analfabetismo más elevadas de toda Sudamérica (el 15% en el 2001), que se multiplica por dos en las áreas rurales. Aunque se requirieran muchas horas de vuelo, las urnas electrónicas fueron enviadas a todas partes, incluyendo los parajes más recónditos, para lograr reducir la complejidad del acto de votar. Personas con muy bajos o nulos conocimientos sobre el manejo de aparatos electrónicos consiguieron depositar sus votos en apenas unos segundos gracias a unos sistemas simples y sencillos (en los que se podía ver la foto del candidato, por ejemplo, para confirmar la elección). Las autoridades habían acompañado todas las máquinas con unos soportes en los que podía leerse: “Vota Brasil: la democracia pasa por aquí”. Así es. Del mismo modo que en países no precisamente punteros en informatización social, como Brasil, se están dando ya estos pasos, en Europa y en los Estados Unidos se percibe como una realidad inmediata la siguiente fase de la democracia: su digitalización.

De las urnas electrónicas a Internet

A ojos de todos es evidente que el salto cualitativo viene dado por el hecho de no tener que salir de casa para votar. Poder ejercer este derecho democrático desde el propio ordenador (en casa, en el trabajo o en un cibercafé) sin tener que acudir a ningún colegio electoral significa toda una revolución en lo que a comodidad y facilidad se refiere y está empezando a ser puesto en práctica en algunas regiones y países. Es preciso aquí no confundir el voto meramente electrónico con el voto digital. El primero se realiza a través de dispositivos electrónicos situados en los colegios electorales y sólo pretende sustituir el voto y recuento de papel. El segundo, el digital, hace referencia implícita al uso remoto de ordenadores. Su principal función no es sólo eliminar el recuento manual de los votos sino aumentar la comodidad del votante que, de este modo, sería más proclive a votar. Uno de los principales escollos con los que chocaba este tipo de voto, realizable a través de Internet, era la identificación del usuario, condición sine qua non para garantizar unas elecciones en un país democrático, pero todo indica que la tecnología va a permitir superar todos los problemas. Algunos países europeos, en los que el voto electrónico está completamente ya implantado, como Holanda, tienen aprobadas leyes para permitir votar a través de Internet en futuras elecciones. En los Estados Unidos se han realizado ya diversos experimentos de voto por Internet para determinadas convocatorias.

Para sociedades como las occidentales, con una tendencia creciente a la consulta pública, el tema del voto por Internet no es baladí. En los Estados Unidos, por ejemplo, en las últimas elecciones presidenciales hubo estados que decidían docenas de temas adicionales que sometían a consulta de los ciudadanos juntamente con la decisión presidencial. Las preguntas que debían responder los americanos iban desde inversiones públicas multimillonarias hasta la mera construcción de una piscina municipal. Las votaciones por Internet permitirán aumentar el grado de interactividad y facilitar un mayor número de consultas, de forma que sería posible implementar, al menos en teoría, lo que se denomina democracia directa, donde los ciudadanos tienen un peso realmente directo e importante en la toma de decisiones. Ahora esto no es así, son nuestros representantes políticos los que toman solos la mayoría de decisiones importantes.

Las ventajas de las votaciones por Internet son incuestionables. A parte de la comodidad ya citada para el votante, se eliminan las barreras geográficas, lo que facilita el voto (si el lector ha votado alguna vez por correo tradicional sabrá a lo que no me refiero), reduce los costes y aumenta, como se decía, la posibilidad de hacer consultas a la población y, por supuesto, elimina casi por completo (casi, porque la informática puede ser perfecta pero su implementación, realizada por humanos, no lo es) los errores en los recuentos.

Evidentemente todo ello también tiene su talón de Aquiles. En primer lugar, la facilidad para consultar a los ciudadanos podría dar lugar a votaciones realizadas con excesivo apremio y poca información en manos de los votantes. En casos de votaciones electorales esto podría ser especialmente grave. En segundo lugar, la acentuación que ello permite, bien acogida por muchos, de la tendencia a aumentar el papel de los ciudadanos en la política podría conducir a una democracia inoperante, sometida constantemente al arbitrio de la opinión pública, tan moldeable y manipulable por otro lado. En tercer lugar, se produciría una discriminación tecnológica clara en la medida en que es necesario disponer de un ordenador para votar, o desplazarse allí donde haya uno, y de los mínimos conocimientos para emplearlo. Lo cual nos conduce a la afirmación obligada de que la universalización del acceso a Internet y la formación son un prerequisito obligado para que la instauración del voto digital no constituya un nuevo ensanchamiento de la brecha digital.

Del voto por Internet a las elecciones digitales

Y si hablamos de votar por Internet no podemos obviar la cuestión del peso y papel que la propia Red pueda tener en la concepción actual de lo que son unas elecciones políticas. Es evidente que no sólo el voto puede acabar en la Red sino también buena parte de la campaña electoral previa.
Si Internet tiene sobre la política los mismos efectos que ha tenido sobre la vida social, los negocios o el entretenimiento, vamos a ser testigos de una transformación sin precedentes de la esfera política mundial, al menos de la desarrollada. Mientras para algunos la democracia electrónica es la gran esperanza para mejorar nuestros imperfectos sistemas políticos, los desafíos y retos que ésta plantea están ya haciendo reflexionar a muchas cabezas pensantes. Por lo pronto, los primeros datos son contundentes. Una encuesta realizada entre jóvenes de 18 y 27 años en los Estados Unidos a principios del 2000 indicaba que más del 70% de ellos votarían si pudieran hacerlo a través de Internet y se demostraba que el 90% de la gente que utiliza información Web para conocer mejor a los candidatos es gente que acaba votando. Este estudio también mostraba que la gran mayoría de norteamericanos creían que votar por Internet debía ser una alternativa.

Sea esto un mero impulso derivado de la fascinación tecnológica que la juventud siente por las redes de comunicaciones, sea una voluntad decidida a aumentar la participación en la vida política general, Internet podría constituir un empujón sin límites para combatir la desafección política que sufren de forma creciente todas las sociedades acomodadas. Se puede no votar por desidia, por desvinculación política y social, por desinterés o simplemente como forma de reivindicar un descontento social. Pero cuando la posibilidad de dar a conocer tu opinión está a un simple clic de ratón muchas de estas barreras supuestamente ideológicas pueden desmoronarse sin más. La interactividad puede ser un importante factor de vinculación social pero ¿qué significa la interactividad en el contexto político?

Esencialmente, interactividad significa bidireccionalidad, y en la política esto es un arma de doble filo. Los electores y los políticos ven aumentar, multiplicarse y aparecer nuevos canales de comunicación entre ambos. Por ejemplo, para atraer a los electores, los partidos políticos han dispuesto tradicionalmente de unos pocos y anodinos minutos en la televisión, mítines presenciales a los que sólo acuden los seguidores fieles y un programa electoral impreso en octavillas o folletos que se reparten físicamente por las casas y las calles de las ciudades. Internet añade todo un nuevo arsenal de posibilidades para informar a los electores (o a los votantes de un referéndum sobre cualquier cuestión). Desde la página Web del candidato o del partido hasta la implantación de sofisticados procesos de márketing basados en los gustos y opiniones de los ciudadanos, fácilmente recabados en el entorno digital en tanto en cuanto cualquiera de sus actividades es susceptible de dejar una huella de la misma.

Más información (o desinformación) para los electores, una democracia más plebiscitaria (donde se pregunte más a los ciudadanos), mayor interacción entre votantes y candidatos, más facilidad por parte de estos últimos para detectar los problemas que preocupan a los ciudadanos e incluso fichajes de candidatos a través de Internet. Nadie sabe cuando ocurrirá todo ello pero, no lo dude, ocurrirá.

 

© Núria Almiron 2002, publicado en revista R.

 


© Núria Almiron 2000