Almiron.org
Home

 

La aldea del conflicto global


Herbert Marshall McLuhan fue el primer autor en hablar del mundo como una “aldea global” y de la humanidad como una “tribu planetaria” a raíz de sus análisis de los medios de comunicación, particularmente de la televisión, en los años sesenta del siglo pasado. A pesar de no llegar a conocer Internet ni la revolución microinformática, sus análisis resultaron proféticos. Los medios de comunicación de masas han convertido al planeta en una aldea, una gran aldea planetaria pero aldea al fin y al cabo. Este concepto, por su indudable pertinencia, ha sido largamente empleado, aunque nunca ha dejado de tener detractores. Y es que esta aldea o, mejor dicho, su realidad, se reconstruye y destruye a través de los medios de comunicación, es cierto, pero es inexacta su descripción como fruto exclusivo del sistema comunicativo. Hay más detrás, mucho más.

McLuhan, como después seguirá haciendo Derrick de Kerkhove, su principal discípulo, desarrolla una teoría comunicativa extremadamente útil para comprender la articulación de la conciencia planetaria moderna. Las redes de comunicación e información globales actuales constituyen el sistema nervioso de la humanidad, “la neocorteza cerebral” de la que habla Javier Esteinou. Pero la teoría de McLuhan se queda en lo cultural y no explica “los intereses históricos de la dinámica del poder” (de nuevo Esteinou) en los que se enmarca. Las transformaciones tecnológico-sociales que han experimentado los sistemas de información tienen un contexto histórico, no son ni neutras ni gratuitas, y este contexto histórico se debe a un gran triunfo: el del liberalismo universalista.

Tras la derrota de Napoleón, en 1815, en el siglo XIX surgen las tres grandes ideologías que suministrarán, en palabras de Immanuel Wallerstein, “el lenguaje para todos los sucesivos debates políticos en el seno de la economía-mundo capitalista”: me refiero al conservadurismo, el liberalismo y el socialismo. De estas tres formas de pensamiento, la liberal saldrá como gran ganadora. El liberalismo, como buen encarnador del centrismo, mediará entre izquierda y derecha depositando su fe en una de las premisas clave de la ilustración: que el pensamiento y la acción racionales son el camino hacia la salvación, esto es, hacia el progreso. En realidad, la ideología del progreso será una de las mayores aportaciones del liberalismo a la modernidad. Su reformismo racional contentará a todos, o al menos los apaciguará (amortiguando los instintos revolucionarios de las clases trabajadoras y los instintos reaccionarios de las clases adineradas). Wallerstein no puede estar más acertado al afirmar que durante 150 años de continua lucha política todas las batallas se mantendrán dentro de las reglas de juego de la ideología liberal.

Pero el liberalismo es esencialmente antidemocrático. La suya es una doctrina aristocrática que predica el “poder de los mejores” y, aunque no se define a los mejores por cuestiones de sanguineidad (nobleza hereditaria) sino por cuestiones educativas (cultura adquirida), sus beneficiarios no dejan de encontrarse en una meritocracia. Cuando este liberalismo se universaliza se está universalizando una ideología elitista que pretende evitar a partes iguales la reacción del conservadurismo y el radicalismo de los revolucionarios. Su expansionismo por todo el planeta, a lo largo del siglo XX, tras la segunda guerra mundial, pretende convertir su doctrina del progreso material en una doctrina universal y hay que decir que casi lo consigue. Aunque ciertamente sigue siendo la ideología dominante, su monopolio de la racionalidad y el progreso ha terminado. El liberalismo ya no es considerado norma geocultural sino una mera ideología más. Ahora sabemos que la lógica de la acumulación incesante de capital sólo conduce a progreso material, no moral, pues es profundamente desigualitaria. En realidad, las críticas a la doctrina del libre flujo mundial (el free-flow) hace tiempo que se desenmascararon (protectoras como eran, en realidad, de un one-way-flow), pero no habían sido nunca tan ampliamente escuchadas como ahora, precisamente tiempos de máxima expansión del ideal liberal (y de la brecha social).

Por todo ello, la aldea global descrita por McLuhan, esa especie de estadio de interacción y cohesión planetaria de la conciencia humana (de “inteligencias en conexión” diría Derrick de Kerkhove), se nos antoja sólo como una simple ilusión de la cultura de la modernidad. O, cuanto menos, como una idea incompleta. La aldea global no ha sido hasta ahora tanto un espacio de interconexión de inteligencias como de promoción y realización del gran capital. Ha sido una aldea de sumisión consumista más que de desarrollo mental.

Ahora, el incremento de la educación y los medios de comunicación (con un papel destacado de la Internet no comercial) están alterando el panorama. Ambos elementos han hecho aumentar drásticamente la conciencia política universal dificultando enormemente la ocultación de las desigualdades y las injusticias. Las “rebeliones” populares en todo el mundo por el conflicto contra Iraq o el clamor antigobierno por el Prestige en España son los dos últimos capítulos de esta nueva conciencia. Sin embargo, la deslegitimación de la ideología liberal no supone el advenimiento inmediato de una aldea global como la descrita por el mito cultural. Más bien lo contrario, lo que estamos presenciando es el advenimiento del conflicto universalizado, de la desconexión intelectual, del derrumbe de la inteligencia. Porque la ideología liberal ha empezado a agonizar pero no por ello deja de tejer sus redes por todo el planeta. Y ello genera terribles tensiones en el sistema social, tensiones cuya primera víctima no es otra que la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener el orden. La creciente inseguridad mundial es el gran fruto de este estado de convulsión. La obsesión por los déficits cero el principal escudo protector del liberalismo universal: ¿quien puede permitirse no gastar más sino es el que ya lo tiene todo, el rico, el saciado? El periodo negro que augurara Immanuel Wallerstein ha comenzado.

© Núria Almiron, publicado en Revista Interactiva, anuario 2003


© Núria Almiron 2000