En 1945, recién finalizada la segunda guerra mundial,
un ingeniero eléctrico encargado de supervisar la carrera científica
promovida por el gobierno estadounidense hizo una inolvidable premonición.
Vannevar Bush, así se llamaba, lanzó al mundo la idea
de una sociedad conectada electrónicamente a través de
una red mundial, una red de conocimiento ubicuo e ilimitado. Internet
tardaría todavía 24 años en nacer y la interfaz
gráfica que la popularizaría, la WWW, otros 20 más,
pero las promesas sobre sus posibilidades y su potencial no han parado
de crecer. Algunas son hoy una realidad, otras están a la vuelta
de la esquina y, muchas, quien sabe, quizás sólo sean
ciencia ficción.
No
comparten, sin embargo, esta última opinión muchos expertos
y gurús tecnológicos que nos recuerdan que lo que hasta
hoy nos ha parecido ciencia ficción ha acabado siendo, en gran
medida, predicciones equivocadas por ¡lo excesivamente conservadoras!.
En realidad, dicen los más entusiastas, las tecnologías
como Internet nos están conduciendo a escenarios inimaginables
que erradicarán a la mismísima raza humana. Esto es, a
la raza humana tal y como la conocemos ahora, porque del mismo modo
que se extinguieron los neandertales (y nadie los echa hoy en día
de menos, intelectualmente hablando claro) nuestro actual “formato”
también se extinguirá para dar lugar a la siguiente fase
de la evolución humana.
La
posthumanidad, transhumanidad o como quiera llamársele
Todo
ello no va a ocurrir ahora mismo pero podría estar a la vuelta
de la esquina. Los avances en robótica, inteligencia artificial
y biología molecular están empezando a dar sus frutos
y, según los más visionarios, sus logros explotarán
llevándonos a ese nuevo estadio de la evolución humana.
Para ello, estamos a la espera de que sus caminos converjan plenamente
entre sí. Es decir, que sus innovaciones se fusionen, algo que
no estaría tan lejos como parece.
La
Internet actual ya muestra un aperitivo de todo este potencial especialmente
en tres aspectos: en el poder del funcionamiento en red (las Networks
arrasan como concepto de organización y arquitectura), en la
inteligencia artificial aplicada al conocimiento (y con ella la robótica)
y en los escenarios de realidad virtual. Quizás no lo apreciemos
lo suficiente como usuarios pero ya en estos momentos se están
empleando sofisticadas tecnologías en estos tres campos. Sin
ir muy lejos, el primer buscador de Internet, Google, ofrece un servicio
de noticias completamente generado por ordenador. Esto es, no hay seres
humanos detrás de la selección de noticias ofrecidas por
Google, sólo una mente artificial. En realidad los cerebros electrónicos,
los robots, están por todas partes en Internet; recabando información
de los navegantes, respondiendo a sus interacciones, rastreando en búsqueda
de novedades y cambios, aconsejando, husmeando, vigilando, espiando…
Para algunos, sin embargo, lo más importante son los escenarios
virtuales que somos capaces de recrear y que, junto a la capacidad de
conectividad en red, dan lugar a lo que se ha llamado el ciberespacio,
esa especie de vida paralela virtual que llevan muchas personas con
trabajos, amigos, vida social y ocio a través de Internet. De
ahí la tan prolífica literatura sobre comunidades virtuales.
Sea
cual sea el aspecto predominante del cambio, todos los gurús
se fundamentan en unos mismos datos para justificar su optimismo: los
relativos al crecimiento exponencial del potencial tecnológico.
Que la tecnología siga doblando su potencia cada año (o
cada 18 meses para ser más exactos) significa que se multiplica
por un factor de 1000 casi cada década. Para muchos esto significa
que sólo es una cuestión de tiempo que los cerebros artificiales
logren emular a los humanos. Y, cuando ello ocurra, habremos entrado
en ese nuevo estadio que algunos llaman posthumanidad o transhumanidad.
Es decir, habremos dado un paso más allá de la mera humanidad
tal y como la conocemos en la actualidad. Pero, ¿qué significa
dar un paso más allá de la humanidad? Y, todavía
más importante, ¿estamos haciendo ciencia ficción
o hablamos de la realidad?
Si
los escenarios imaginados por las mentes más inquietas se cumplen
el término “ciencia ficción” quedará
obsoleto pues la magnificencia de los cambios superará su misma
definición. Sin embargo, no todo el mundo está convencido
de que ello vaya a ocurrir. Los cibervisionarios hablan, cuando definen
a esta nueva humanidad, de muchas nociones que los especialistas que
trabajan en los respectivos campos todavía ven muy lejanas sino
inalcanzables: la difusión de máquinas nanotecnológicas
(esto es, ordenadores del tamaño de una molécula), la
longevidad física extrema del ser humano (superar el siglo de
vida), el control absoluto de nuestro código genético
(controlar la enfermedad), la sustitución de cerebros humanos
por cerebros artificiales en tareas que requieren sentido común
e inteligencia creativa (imagínese una bibliotecaria-robot, un
profesor-ciborg o incluso periodistas-autómatas), etc. En la
esencia del gran cambio que nos esperaría en la posthumanidad
está una idea por encima de todo: la de la fusión hombre-máquina.
De
Cyborgs y robots, es decir: de hombre-máquina y máquinas-hombre
El
primer paso lo estaríamos dando ya: me refiero a la famosa ubicuidad
de las máquinas, esto es, colocar ordenadores en todas partes.
En estos momentos vivimos rodeados de utensilios con cerebros electrónicos
en forma de chip (ordenadores, impresoras, teléfonos, televisores,
cámaras, vehículos, etc.) y se está empezando a
extender la nueva oleada de dispositivos domésticos inteligentes
conectados a Internet (todos los componentes de una vivienda, por ejemplo,
pueden domotizarse, esto es, dotarse de inteligencia). Es la ubicuidad
del chip. Todo lleva un ordenador y permite ser controlado, gracias
a Internet, remotamente. Incluso cuando el recipiente es un ser humano.
Insertar chips en nuestro organismo todavía no es una práctica
habitual pero podría llegar a serlo. Para controlar a los individuos
peligrosos, para vigilar las andanzas de nuestros hijos, para monitorizar
a nuestros empleados, pero también para tareas médicas
y de salud, por ejemplo. Que no nos haga ninguna gracia no significa
que no pueda hacerse o se esté haciendo ya en algunos casos.
Pero dotar a los cuerpos (sean estos biológicos o no) de chips
sólo es un primer paso. El segundo y definitivo es dotar a las
máquinas de humanidad o, lo que es lo mismo, transferirles nuestras
mentes. Cargar nuestras mentes humanas en dispositivos artificiales
significa poder vivir a través de ellas: teletransportar nuestras
mentes, vivir en realidades virtuales generadas por máquinas
y… poder llegar a prescindir de nuestros cuerpos biológicos
tan fácilmente degradables y deteriorables. Hacia ahí
es hacia donde apuntan los más atrevidos.
Ya
lo ve el lector, se empieza haciendo clic en una página web y
se puede acabar levitando en el ciberespacio de un futuro galáctico
al que algunos incluso le ponen fecha de llegada: de aquí a entre
20 y 50 años. ¿Realidad o ficción? Que cada uno
decida a su gusto.
©
Núria Almiron, publicado en Revista R, mayo 2003