En 1996, un importante líder checheno estaba hablando
por su teléfono móvil cuando fue asesinado por dos misiles
rusos que impactaron de lleno en su cuartel general, hasta ese momento
supuestamente en paradero secreto. Dzokhar Dudayev, ese era su nombre,
precisamente estaba hablando con Moscú acerca de posibles negociaciones
de paz. Nadie cree que el bombardeo y su presencia allí fueran
casuales. Los rusos interceptaron la llamada y averiguaron su procedencia
geográfica, el resto fue pan comido. Las tecnologías electrónicas
tienen esta particularidad: su mayor virtud es hacernos más libres
pero precisamente en eso reside su mayor debilidad, al hacernos permanentemente
localizables. Esto sin duda es bueno para la lucha antiterrorista (aunque,
por supuesto, no con los métodos rusos) pero también tiene
sus inconvenientes para cualquier ciudadano normal. Porque para poder
detectar a los terroristas en el ciberespacio los policías tienen
antes que espiarnos a todos.
Cuidado
con lo que dice en Internet
La
cuestión del espionaje en las nuevas redes de comunicación
acostumbra a provocar dos reacciones antagónicas: la de aquellos
que se ríen de las conspiraciones y los miedos infundados (a
fin de cuentas, siempre han podido espiarnos a través de los
medios tradicionales) y la de los que viven tomando medidas de precaución
para no ser captados, pinchados, interceptados o como quiera llamársele.
Lo cierto, al margen de todo posicionamiento, es que la tecnología
actual tiene un potencial sin precedentes para espiarnos y a estas alturas
sabemos perfectamente que, porque unas leyes lo prohíban o dejen
de prohibirlo, nadie va a reprimirse si tiene la tecnología y
la justificación. La justificación para espiar masivamente,
de forma oficial y pública llegó el 11 de setiembre de
2001. La tecnología existía desde mucho antes.
En
realidad, la mayor red de espionaje electrónico mundial data
de los años cuarenta, fecha en la que los Estados Unidos, Gran
Bretaña, Australia, Nueva Zelanda y Canadá se pusieron
de acuerdo para crear Echelon. Echelon es una red de vigilancia que
espía las comunicaciones por satélite, por redes de tierra
o cables submarinos, por radio o por microondas. Pero Echelon tiene
una particularidad: todas las informaciones captadas son enviadas a
la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) norteamericana, cuyos superordenadores
reciben y procesan en última instancia toda la información.
Esto es, el mayor sistema de espionaje del mundo está en manos
de los estadounidenses, que son los únicos que reciben toda la
información mientras sus socios se quedan con la captada sólo
por sus propias redes. Se conocen otros sistemas de espionaje en el
mundo (como el israelí) pero sin duda ninguno se acerca a la
envergadura del dominado por el Pentágono. Este es el motivo
de que la administración estadounidense recibiera tantas críticas
por no haber sabido prever los atentados del 11 de setiembre. En realidad,
tuvo la información, sólo que no la supo ver. Pero no
adelantemos acontecimientos, ¿cómo funciona Echelon?
Imagine
que yo escribo un mensaje electrónico a mi hermana que vive en
Seattle hablándole de una fiesta en la que me lo pasé
“bomba”. Por el simple hecho de incluir esta palabra, “bomba”,
en mi mensaje el texto será interceptado por la red y enviado
a los ordenadores de la NSA (lo sería igual si incluyera muchas
otras palabras como “revolución”, “ataque”
o “Casa blanca”). Allí el texto es traducido automáticamente
al inglés e insertado en una categoría concreta dependiendo
de la palabra detectada (cada categoría agrupa a diversas palabras
clave). A la mañana siguiente, los analistas de inteligencia
de la NSA repasan los mensajes captados y seleccionan los que les parece
que contienen información relevante. Es probable que mi inocente
mensaje no llegue a ser revisado; ahora bien, si en los próximos
días insisto por email en que me lo pasé “bomba”
es probable que me acaben seleccionando. La reiteración me hará
más sospechosa. Si es así, acabarán leyendo mis
anodinos mensajes y los de mi hermana y probablemente los de los amigos
de mi hermana y… no ocurrirá nada más … salvo
el atentado que ello supone para la intimidad de todos nosotros. Esto
puede ocurrir con un email, una llamada de teléfono, un fax o
cualquier tipo de comunicación que deje un rastro electrónico.
Actualmente se cree que el 90% del tráfico de Internet es captado
por Echelon.
Los
Estados Unidos, hasta los atentados del 11 de setiembre, siempre negaron
la existencia de nada parecido. De hecho todos los países implicados
lo negaron. Pero tras los terribles acontecimientos de Nueva York y
Washington, de la negativa se pasó a la redacción y aprobación
de leyes que daban carta prácticamente blanca a la CIA y al FBI
para espiarnos a través de todo tipo de tecnologías. La
globalización tecnológica se nos refleja aquí con
todo su esplendor pues la legislación de un solo país
nos afecta así a todos, vivamos o no en ese país. La vulneración
de nuestros derechos es además un tema peliagudo de defender
porque ¿a quién acudir? Nuestros tribunales y jueces no
son competentes en el ciberespacio construido desde fuera del territorio
nacional. Sea como sea, todo este entramado tiene un tremendo punto
débil, que se puso en evidencia el fatídico 11 de setiembre
del 2001. No basta con captar información, hay que poder procesarla
para que sirva para algo.
En
efecto, a finales del 2001 la NSA recibía diariamente el equivalente
a 10.000 libros de información. Cada día. Semana tras
semana. Mes tras mes. La ingente cantidad de datos que eso supone sólo
podría ser procesada completamente mediante técnicas de
inteligencia artificial de las que todavía no disponemos. Por
este motivo, los seres humanos tienen que estar todavía al final
de esta inmensa cadena de espionaje para elegir, deducir, suponer o
intuir cosas que las palabras sólo dicen a medias. Evidentemente,
la mayor parte de toda esta información queda sin procesar. Es
lo que ocurrió con las pistas que habrían podido llevar
a evitar los atentados de las Torres gemelas.
Desde
fuera y… desde dentro
Así
que nos encontramos ante la paradoja de ser espiados para nada. O de
ver nuestra intimidad y vida privada violadas para unos resultados más
que relativos. Sin duda una situación inaceptable para la mayoría,
aunque los resultados valieran la pena. Pero la bola de nieve del temor
desatado en los últimos años por el terrorismo islámico
no se centra sólo en el espionaje exterior. Para muchos, nuestros
ordenadores se han convertido en auténticos caballos de Troya
que albergan programas que podrían estar preparados para abrir
todos nuestros secretos a los servicios de espionaje estadounidenses
en cuanto estos lo requirieran.
Este
es el caso de Microsoft, el propietario y desarrollador del 90% de programas
que se utilizan en los ordenadores de todo el mundo. Según estudios
recientes, agentes de la NSA habrían ayudado a instalar en los
productos de Microsoft programas secretos para permitir el espionaje
no ya de lo que sale de nuestros ordenadores sino directamente del contenido
de nuestros ordenadores (que, gracias a las tarifas planas, podemos
tener permanentemente conectados a Internet y, en la mayoría
de casos, desprovistos de toda protección). El grado de verdad
o mentira de estas noticias siempre es difícil de valorar pero
de lo que no cabe duda es que Microsoft es un ardiente colaborador de
la actual administración estadounidense: fue el segundo mayor
donante para la campaña electoral de George Bush Jr. (donó
2.400 millones de dólares a la causa republicana) y tiene en
el Pentágono a su mayor y principal cliente.
Por
otro lado, es altamente conocido un programa propiedad del propio FBI,
denominado Carnivore, que con la autorización judicial pertinente
puede ser instalado en los servidores de cualquier proveedor de servicios
de Internet y directamente “monitorear”, como afirman los
expertos, todo el tráfico que por él pase, esto es: espiar
desde dentro.
Frente
a todo ello algunos ciudadanos ya se han unido en asociaciones de defensa
de los derechos de su intimidad y vida privada para gritar juntos bien
alto ¡no nos espíen! Sus frutos están empezándose
a observar: por lo pronto tenemos más información de la
envergadura, características y, muchas veces también,
imperfecto funcionamiento de todas estas redes de espionaje cuya principal
novedad es que no van dirigidas a objetivos militares, o no sólo,
sino a todas las comunicaciones susceptibles de ser captadas por métodos
digitales o electrónicos. Ahí es nada.
©
Núria Almiron, publicado en Revista R, junio 2003