El intento de identificar o reducir lo “bueno”
a lo que es “natural” se denomina en filosofía “falacia
naturalista”. Esto es: se dice que algo es bueno porque es natural.
Todas las éticas han incurrido en este tipo de falacia que consiste
en justificar la bondad de algo por el mero hecho de considerarlo “natural”.
Evidentemente las definiciones de lo que puede ser o dejar de ser “natural”
son muy heterogéneas y van desde lo relacionado con la misma
naturaleza y/o Dios, hasta criterios hedonistas, metafísicos,
nacionalistas o lo que se quiera. En definitiva, se trata de identificar
con lo “natural” lo que cada uno propugna y así justificarlo
.
Una
de las falacias más recurrentes en las democracias actuales es
la de las mayorías, a saber: si lo aprueba la mayoría
es que es lo natural, y por tanto bueno. En nuestras democracias existen
fundamentalmente dos formas de que las mayorías se expresen,
votando y/o comprando, y en ambas ha habido abundantes ejemplos de que
las mayorías no siempre aciertan. Las mayorías auparon
a Hitler al poder, por ejemplo, y las mayorías consumen hoy basura
física e intelectual en gran abundancia, a pesar del desastre
que ello significa para sus estómagos y neuronas. Sin embargo,
el criterio de igualar lo bueno con lo que acepta la mayoría
sigue teniendo éxito. Y en este contexto psicológico se
enmarca el polémico principio de la neutralidad tecnológica.
El
principio de la neutralidad tecnológica sostiene, como su nombre
indica, que hay que ser neutral frente a la tecnología. Esto
es, que los gobiernos no deben interferir en el desarrollo e implantación
tecnológico porque hacerlo va contra natura, es “antinatural”.
Lo “natural” es dejar que la tecnología evolucione
y sea la selección “natural” la que elija a los supervivientes.
La falacia se hace aquí más explícita que nunca
y entronca con una especie de fatalismo ligado al determinismo tecnológico.
Según estos últimos, y a tenor de lo que parece pensar
la mayoría, el desarrollo tecnológico constituye un proceso
autónomo que se rige de forma independiente a los avatares sociales
y cuyo tránsito se dirime en el mercado. Lo que elige el mercado
(es decir, la mayoría) es lo bueno. El desarrollo de la tecnología
es así inexorable, inevitable, y nos cambia la vida, tiene un
impacto directo en nuestros hábitos y costumbres. Ciertamente,
esta unidireccionalidad no es tal, nosotros influimos tanto sobre el
desarrollo tecnológico como éste sobre nosotros, pero
mucha gente cree a pies juntillas en esa fuerza imparable y autónoma
del avance tecnológico.
Pero
esta lógica no es autónoma, todo lo contrario, está
más que dirigida. Durante años, por ejemplo, Microsoft
ha gozado del beneficio de las mayorías que, con todo tipo de
artimañas, ha ido acumulando. Las administraciones públicas
han permitido estas prácticas y han adoptado sus productos justificando
sus decisiones en esas mayorías. En Cataluña, sin ir más
lejos, el gobierno autonómico ha financiado las traducciones
al catalán de Windows hasta hace bien poco (con 80 millones de
pesetas en 1998). Hasta hace bien poco, digo, porque en el último
acuerdo firmado con Microsoft la compañía se comprometía
a pagar la traducción de su bolsillo. Probablemente por arte
y gracia del efecto Linux.
Linux
tampoco escapa a la falacia naturalista. Su bondad recae en que está
impulsado por una comunidad de voluntarios, en que es gratis y en que
cada vez es empleado por más gente. Sus bondades tecnológicas
no cuentan en su éxito, pueden considerarse puramente colaterales.
Lo que cuenta en realidad es lo que representa y lo que representa es
más “natural”, y por tanto “bueno”, que
el monopolio antinatural de Microsoft. Las administraciones públicas,
siempre receptivas a las mayorías (sinónimo de votos)
han empezado a significarse a favor de esta nueva apuesta social y eso
ha encendido todas las luces de alarma entre la oligarquía tecnológica
todavía en el poder. En este sentido es de escarnio ver como
Microsoft es quien ahora eleva la voz más alto que nadie para
reclamar neutralidad tecnológica a los poderes públicos.
Neutralidad tecnológica que es aquí sinónimo de
“que no se haga nada” para que la “lógica del
mercado”, cuyos hilos mueven en Redmon, se siga imponiendo en
detrimento de las iniciativas menores (Apple) o situadas fuera del mercado
(Linux).
En
mi opinión, tal neutralidad tecnológica no existe y que
los gobiernos hayan intervenido de forma tan perversa y penosa en el
mercado no deslegitima la necesidad de enfrentarnos a la realidad: el
desarrollo tecnológico no es autónomo así que hay
que meter mano de algún modo para romper esta inercia que, amparada
en creencias falaces, promueven aquellos a los que conviene que no cambie
nada. Porque ni el destino está determinado y es inevitable ni
el mercado y las mayorías sociales son infalibles. Afortunadamente.
(*)
La falacia radica en que la cualidad de “bueno” no se agota
reduciéndola a lo que cada uno considera “natural”.
Tal y como decía quien mejor describió esta falacia, George
H. Moore, existen muchas cosas buenas en este mundo pero ninguna de
ellas puede reclamar en exclusiva el predicado “bueno”.
©
Núria Almiron, publicado en Gumbits, julio 2003