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El libro digital frente al futuro en la encrucijada entre producto y actividad

Núria Almiron


Sostener entre las manos un fajo de hojas de pasta de papel, pegadas o cosidas entre sí por su extremo lateral e impresas con tinta negra sobre un fondo blanco es uno de los mayores placeres físicos de los que el intelecto humano puede gozar. La historia de la humanidad, de su cultura y de lo mejor de ella, ha transcurrido pareja a la historia de este invento, cuyo antecedente directo, el códice, acumula ya dos mil años de vida. En plena era de la digitalización, donde la esencia de la misma es puro texto (números que combinados con letras codifican nuestro saber), el libro se mantiene insuperado e insuperable en su formato manejable y portátil de papel. En realidad, su aguante empieza a ser asombroso: el digitalismo imparable avanza en todos los terrenos y la deforestación del planeta, otrora una amenaza lejana, se erige hoy como un peligro a la vuelta de la esquina si seguimos talando nuestros árboles al ritmo presente. Sin embargo, en todo el mundo cada año se siguen editando cientos de miles de títulos, todos en papel. Nuestra resistencia a trasladarnos al mundo de la tinta digital es tenaz, lo cual desde un punto de vista formal es comprensible, nada gana al libro tradicional, por ahora, en diseño y ergonomía. Pero es que también nos resistimos a trasladar al libro digital el simbolismo del libro de papel; su valor cultural, de motor, de compromiso, de lucha, de transmisión, sus virtudes en suma. Y esto último cada vez tiene menos razón de ser.

La razón de ser del libro digital

El llamado libro digital tiene diversas razones de ser, vinculadas a las diferentes expectativas que unos y otros sectores sociales han puesto en él, según se prime su calidad de producto/objeto o su concepción como práctica/actividad, siguiendo la diferenciación que hace Cory Doctorow . Como producto de consumo su interés actual es relativo; su devenir estará marcado por el descubrimiento de un clon artificial sustituto real del libro de papel. Como «práctica» (ejercicio de compartir conocimientos, exponer tesis, difundir ideas, etc.), más allá del mero «objeto», su horizonte se ensancha. Es en este sentido que Doctorow expone la irracionalidad de seguir prefiriendo los libros de papel a los digitales simplemente porque los primeros confieran una sensación de posesión de un objeto físico que no poseen los segundos. Esto es, si consideramos a los libros meros objetos, entonces los libros digitales tienen en estos momentos poco que ofrecer frente al papel, pero si los evaluamos como actividad, el libro digital presenta hoy parámetros propios de evaluación de gran interés.

De entre estos parámetros, los más citados siempre son su mayor inmediatez, su hipertextualidad, sus posibilidades de copia, transporte y transformación y su perdurabilidad. Su inmediatez es evidente (intenta enviar un libro de papel a alguien que viva en Australia en sólo unos pocos segundos). Su hipertextualidad, no siempre aprovechada, ha sido objeto de disquisiciones filosóficas cuyo alcance y utilidad no abordaremos aquí (véase Derrick de Kerckhove y George P. Landow, por ejemplo). La inmediatez y la hipertextualidad son virtudes que comparte el libro digital entendido como producto o como actividad. Pero sus posibilidades de copia, transporte, transformación y perdurabilidad no son siempre cualidades simétricas en ambas concepciones. Precisamente sus posibilidades de copia y manipulación, tan fuertemente combatidas por la industria y el sector editorial, son uno de sus valores más al alza entre aquellos que defienden la apuesta no mercantil del texto digital. Mientras que su perdurabilidad es también motivo de grandes expectativas, no siempre libres de controversia.

Si bien el formato digital es, en estos momentos, el único que garantiza la perdurabilidad ilimitada de la información en el tiempo sin posibilidades de deterioro y con garantías de reproducción perfecta, esta perdurabilidad está sometida también a la dicotomía del producto/actividad. Los productores de libros digitales comerciales han entablado una importante batalla por la definición de lo que serán los «estándares de lectura» del futuro, mientras que los activistas del libro digital como práctica no quieren oír hablar de estándares propietarios sino de formatos abiertos y libres. El problema, no obstante, no es sólo de estándares de lectura sino de dispositivos de almacenamiento. La única forma de sobrevivir al trepidante ritmo del avance tecnológico (que cada poco tiempo crea nuevas generaciones de dispositivos que dejan obsoletos a los anteriores) será actualizando constantemente los emplazamientos físicos de los datos virtuales. Esto es, trasladar de un formato a otro y de un soporte al siguiente nuestro bagaje cultural informatizado ante el riesgo, si no lo hacemos, de no poder acceder a los archivos del pasado. La dificultad de la empresa es evidente, ¿seremos capaces de llevarla a término sin recortar nuestro legado cultural, esto es, sin dejarnos nada por el camino?

La perdurabilidad de los datos digitales no está, pues, exenta de amenazas. Al no ser su consulta directa, como en el caso del libro, sino mediatizada por dispositivos físicos y programas informáticos, surge el peligro de imposibilidad de acceso y consulta a la información si el proceso de actualización de soportes y sistemas de lectura no es constante. La amenaza de deterioro o pérdida de la información desaparece pero el futuro del libro digital está atado a esta circunstancia.

El papel del libro digital hoy

En este contexto se ubica la paradoja en la que vive el libro digital y en la que se enmarca su inmediato futuro. Aquellos que pretenden hacer negocio con ello no están consiguiendo imponer el libro digital como un sustituto real del libro analógico, o lo están haciendo tan lentamente que los progresos son imperceptibles (el mayor logro por ahora ha sido la sustitución de los manuales de instrucciones de papel por libros digitales distribuidos en CD-ROM junto a los productos comerciales a los que asisten); mientras que el libro digital como actividad no vinculada al ánimo de lucro es ya hoy en día un fenómeno notable en expansión singular.

publicadas en los medios de comunicación, en las posibilidades de copia ilegal de los volúmenes protegidos bajo los correspondientes derechos de autor. El tema del pirateo de libros comercialmente distribuidos es una realidad importante (motivo de que los pocos autores de grandes ventas que se han atrevido a lanzar ediciones en formato digital hayan echado marcha atrás en muchos casos), pero no es la única realidad. Otras realidades, tan o más importantes, son las incesantes nuevas propuestas que surgen en Internet para facilitar el acceso al conocimiento y a la información de forma abierta y libre para todo el mundo. En este sentido es de resaltar la utilización que del formato digital hacen muchas universidades, laboratorios y ONG, u organizaciones comprometidas con los derechos humanos, para distribuir informaciones, puntualmente trascendentales y requeridas de total inmediatez, bajo fórmulas consideradas de publicación libre (public domain, free domain, creative domain, the commons, open content, copyleft, etc.); esto es, libros digitales gratuitos que podemos copiar y manipular desde cierto grado hasta ningún límite según la fórmula de publicación utilizada. Como el libro digital gratuito sobre las torturas en Iraq editado por Lulu.com (disponible en http://www.lulu.com/content/54077) donde, junto al informe de las torturas en la nefasta prisión de Abu Graib, se incluye el texto de la Convención de Ginebra y las principales fotografías hechas públicas del siniestro lugar, en lo que constituye un volumen digital de resonancias atronadoras.

Es difícil predecir la contribución que el libro digital pueda tener en un futuro, especialmente en lo que respecta a su consideración comercial pero, hoy en día, bajo su concepción no mercantilista, su positiva aportación es ya perfectamente mensurable a través de numerosos ejemplos, en beneficio de la verdad y la paz y de la lucha por mantener espacios de libertad donde la difusión de la información no se deba a criterios sólo económicos.

 

© Núria Almiron, publicado en revista Contrastes, agosto-septiembre, 2004

 


© Núria Almiron 2000