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Las exigencias de un banquero sin autoridad moral Núria Almiron
Dado que el mercado y los accionistas han demostrado ser fácilmente neutralizables y que la autoregulación hasta hoy ha resultado en la merienda de negros antes descrita, las palabras de Emilio Botín —resumidas en que el “intervencionismo” de la CNMV amenaza “la unidad” de los consejos y supone un “coste” tremendo para las empresas— cobran un sentido inusitado. El peligro para la unidad viene a cuento del intento del código Conthe para que la figura del consejero independiente sirva realmente para defender los derechos de los mayoritarios accionistas minoritarios. Evidentemente, la introducción de consejeros realmente independientes rompería la unidad de gestión actual, pero es que eso es precisamente lo que se pretende. Lo cual no agrada al SCH porque varios de sus actuales consejeros independientes incumplen incluso el propio reglamento del SCH para ser considerados como tales. En lo relativo al coste de las medidas intervencionistas el SCH sabe de qué habla. En sus memorias informa del elevado gasto que supone cumplir con la legislación norteamericana poniendo en evidencia dos cosas: una, que lo que cumple disciplinadamente en los EEUU lo critica en Europa y, dos, que los asesores legales que tramitan esas medidas tienen unas minutas de escándalo. Botín, el empresario más influyente de España, está molesto y se lo hace saber al gobierno. Pero el consejo de administración del SCH —con una lista de problemas judiciales latente extensísima por malas prácticas de gobierno— no tiene autoridad moral para exigir más autorregulación y menos intervencionismo. Ni para alarmar pidiendo medidas urgentes para evitar la caída de la competitividad porque este año sólo prevea un aumento del 12,5% de los beneficios (que alcanzarán la por lo visto insatisfactoria cifra de 7.000 millones de euros). El gobierno debería tener esto bien claro.
© Núria Almiron, publicado en Gra de Sorra, Attac, junio 2006
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