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GLOBALIZACIÓN E IDENTIDAD:
Efectos de las nuevas tecnologías
de la información y la comunicación

Julio 2001 - Núria Almiron

Traducido por: Pascale Potin B.


En el momento de escribir esto, hace pocas horas que la primera víctima mortal del movimiento bautizado como antiglobalización yace en las calles de Génova, en plena reunión cumbre de los G8. Los miles de simpatizantes de este movimiento contradictorio y paradójico, que lucha contra la globalización, cuando es precisamente la globalización quien posibilita su existencia, ya tienen un primer mártir que los traerá, bien seguro, a justificar doblemente la cruzada que desde las ideologías, creencias y colores políticos más dispares los une y empuja. Una cruzada que tiene como primer objetivo luchar contra un fenómeno de internacionalización sin precedentes, pero que probablemente oculta un hito subyacente mucho más relevante y que es la que verdaderamente impulsa a tantas personas, de mejor y peor talante, a comprometerse con el movimiento: se trata de la construcción de una nueva identidad. Una identidad capaz de mantenerse en pie en este mundo global. Una identidad a medida de los nuevos tiempos que corren. Una identidad que surge con la lucha, pacífica o violenta, pero especialmente pacífica, contra “el monstruo” global. Una identidad nueva que intentaré explicar al final de este texto repasando algunos de los principales elementos que han permitido llegar hasta dónde somos ahora.

El fenómeno de la globalización: inicios

Como dice Anthony Giddens, la globalización no es un fenómeno sencillo. Por el contrario, comprende una serie compleja de procesos que, a su vez, operan de manera contradictoria o anti-ética. El profesor e ideólogo inglés añade que todos aquellos que culpan a la globalización de agravar las desigualdades mundiales, acostumbran a tener en mente la globalización económica y, dentro de ella, el libre comercio. De hecho hay una literatura abundante y creciente que aborda el fenómeno sólo desde su vertiente económica. La amplitud/restricción de unos y otros enfoques queda patente en estas dos definiciones de globalización:

A. Giddens: Globalización es la intensificación “de las relaciones sociales mundiales que enlazan lugares distantes, de tal manera que los acontecimientos locales se configuran por los acontecimientos que se producen en otros lugares situados a miles de kilómetros, y viceversa.”
A. S. Suárez Suárez: “Se denomina así al proceso de progresiva integración de las economías nacionales en el marco del mercado mundial, al proceso de liberalización de los intercambios y los movimientos internacionales de capital, continuador de las tendencias aperturistas o liberalizadoras de los intercambios exteriores de épocas precedentes, abruptamente interrumpidas en diferentes momentos históricos por el triunfo de las ideas proteccionistas.”

Probablemente sea un grave error el pensar que la globalización sólo afecta a los grandes sistemas, como el orden financiero mundial, pero no podemos olvidar que es en la economía por dónde se inicia el proceso de mundialización. Lo primero que se internacionaliza son los flujos de capital, condición indispensable para permitir la libre circulación de bienes y servicios, es decir, el libre comercio.

Y el fenómeno del libre comercio, como recuerda Suárez Suárez no es nuevo, bien al contrario, cuenta con numerosos antecedentes históricos. Este autor recuerda cómo tras las guerras napoleónicas se produjo una fuerte caída de las barreras arancelarias y una movilidad excepcional tanto del capital como del trabajo. Fue el inicio de un siglo, el XIX, marcado por los grandes flujos de emigrantes que desde diferentes países europeos se dirigían a América intentando desesperadamente mejorar su calidad de vida. De esta manera, entre finales del siglo XIX y la primera guerra mundial, fruto de las consecuencias del progreso tecnológico y de la política económica de las diferentes naciones, se lograría un grado bastante elevado de integración o, si se quiere, de globalización de las economías de los países de Europa y América.

Si bien nadie discute que en valor absoluto el volumen de comercio internacional es en la actualidad muy superior al de cualquier época histórica precedente, en términos relativos el fenómeno actual ya no es tan nuevo y tendría precedentes en lo que le ocurrió al mundo durante el periodo que va de 1870 a 1914, la primera gran época dorada del comercio mundial.

¿Por qué se caracteriza, entonces, la actual globalización económica y financiera? Lo que tiene ahora de nuevo este proceso de globalización es exclusivamente su intensidad y su generalización. Actualmente las instituciones económicas reguladoras, tanto nacionales como internacionales, están completamente desbordadas por los inmensos caudales de capital financiero que circulan por el mundo. El valor de las transacciones financieras que tienen lugar diariamente es tal, que constituye una amenaza real para la estabilidad de los mercados financieros y las monedas de los países. La actual globalización económica y financiera se caracteriza, ahora más que nunca, por el peso exacerbado de la economía especulativa frente a la economía productiva en todos los mercados.

Esta globalización económica y financiera es la que produce, además, las enormes desigualdades en la distribución de riqueza contra las que combaten los movimientos denominados antiglobalización. Pero la cuestión es compleja, porqué buena parte de la corriente de opinión contraria a la globalización centra en la libre circulación de capitales la causa de todos los males y parece lo suficiente evidente que hace falta matizar esta acusación. Como dice Suárez Suárez, abolir o restringir la libre circulación de capitales restringiría el libre comercio y supondría un grave retroceso en el progreso de la humanidad. Ahora bien, una economía diseñada por, o en manos de, la primacía de los flujos especulativos es una economía imprevisible, peligrosa y, sin duda, crecientemente injusta.

Sólo aquí queda patente el carácter temprano de la globalización económica, que es la que se encarga de impulsar la posterior globalización cultural. No así la política ¿por qué? Porque para que exista una primera mundialización económica hace falta que haya una voluntad política a favor, o lo suficiente laxa, para permitir la extensión de la primera. Y hace falta que haya un progreso tecnológico que la posibilite. Exactamente lo mismo pasa ahora, sólo que la voluntad política y el progreso tecnológico se han multiplicado por un factor muy superior al que existió a finales del siglo XIX.

La voluntad política actual de los principales países del mundo (los G7 más Rusia y algunos más que forman parte de la OCDE) es incrementar el libre comercio que se asocia con una mayor prosperidad económica, como así es, aunque no por todos. De esta manera, las últimas dos décadas del siglo XX han visto una desregularización (o más bien dicho, una regularización a favor del libre comercio) y una importantísima reducción arancelaria, aunque si bien esto hace falta matizarlo. La actual globalización es principal y eminentemente una globalización occidental, una occidentalización en palabras de Giddens. Los países más desarrollados han deshecho buena parte de las barreras arancelarias por favorecer el comercio entre ellos y han instado a los países menos desarrollados a hacer lo mismo. El resultado ha sido un aumento del comercio entre los países ricos y una mayor facilidad de estos por exportar a los países pobres, pero muchas barreras siguen en pie para el primer mundo, y para todos aquellos que no forman parte, por ejemplo, de la OMC.

La organización mundial del comercio es una de las principales herramientas inventadas a finales de siglo (como continuación del GATT) para favorecer el libre comercio promocionando de esta manera una economía global. Pero de nuevo las consecuencias de una medida en principio beneficiosa para el planeta tienen efectos perversos. Los incrementos de los intercambios comerciales entre los países económicamente más desarrollados y los nuevos países emergentes (presentes a La OMC) no han encontrado otra solución, por más que exista una competencia real, que igualar tirando por lo bajo las normas y condiciones básicas de comercio. Una de las principales críticas hacia la OMC es precisamente que anula en la práctica buena parte de las leyes y actitudes más progresistas que prohíben el comercio con países poco respetuosos con el medio ambiente o con los derechos humanos, por poner sólo dos ejemplos.

La voluntad política no ha sido tampoco capaz de enmarcar dentro de un régimen legal las aspiraciones mundiales de muchas empresas a quienes los mercados interiores o domésticos les han quedado pequeños por absorber su producción. De hecho, para muchos, las multinacionales o transnacionales son el verdadero motor de la globalización. La multinacionalización de las empresas, un fenómeno inicialmente norteamericano, no ha tenido únicamente a la búsqueda de nuevos mercados como principal objetivo. Buena parte de la des-localización más reciente (un golpe ya no se utiliza sólo por salvar las barreras arancelarias levantadas por terceros países para proteger las producciones nacionales) se debe exclusivamente a estrategias de reducción de costes. Aprovechar mano de obra más barata, menos organizada, mucho menos reivindicativa e igualmente formada es uno de los principales motivos.

Pero esta firme voluntad política de mundialización –o laxa actitud, según como se mire, frente a los intereses multinacionales corporativos– no habría podido conseguir los frutos que ha logrado sin el otro proceso indispensable por acelerar el fenómeno que ha tenido lugar durante la segunda mitad del siglo XX: la revolución digital.

La revolución tecnológica como motor de la globalización

Durante la década de los setenta del siglo pasado surge lo que Castells denomina un “nuevo paradigma tecnológico” que permitirá a partir de los años ochenta la integración global de los mercados financieros y propulsará la globalización de la economía con una fuerza sin precedentes. La revolución tecnológica será eminentemente informacional pero también científica. Los campos que estallarán y que convergerán serán el de la comunicación, la informática, la electrónica y la biología.

Los fundamentos de todo los basarán en una serie de inventos que tuvieron lugar a mediados del siglo XX en el ámbito de la electrónica y que culminarían el 1957 con la invención del circuito integrado y el 1971 con la creación del microprocesador en un chip por cortesía de una multinacional que posee actualmente las tres cuartas partes del mercado mundial.

Tan importantes como los adelantos en microelectrónica y software, que darían lugar a la revolución de la informática personal a los años ochenta, serían los progresos logrados en la capacidad de interconexión. En este sentido, la primera piedra importante la pondría el departamento de defensa norteamericano al 1969 creando Arpanet, la red predecesora de Internet constituida como la expresión máxima de la globalización actual. Un golpe que posibilita la conexión en red de los ordenadores, el perfeccionamiento de los sistemas de comunicación y transporte –con la fecha simbólica del primer satélite de comunicaciones lanzado al espacio– permitiría la construcción de redes que unificarían informáticamente el planeta. Las telecomunicaciones e Internet internacionalizarían el proceso a una velocidad sin precedentes. Por otro lado, la aplicación de las nuevas tecnologías a la biología daría lugar a la ingeniería genética, la tecnología más revolucionaria dentro de la biotecnología, la tecnología aplicada a las ciencias de la vida.

Los últimos treinta años del siglo XX han sido más intensos y prolíficos en adelantos tecnológicos que los dos siglos anteriores y han construido los pilares sobre los que se sustenta y crece la globalización. Lo que queremos destacar es que la aceleración del proceso globalizador de las economías, primero de los procesos internacionalizadores que tiene lugar en el planeta, no habría sido posible sin la revolución tecnológica de, principalmente, las últimas tres décadas del siglo XX. Se puede considerar, entonces, al propio proceso globalizador como una consecuencia directa de la revolución tecnológica que es, sobre todo, una revolución en las tecnologías de la información y, muy especialmente, de la comunicación. Algunos ejemplos:

1) En primer lugar, y como es evidente, la tecnología tiene un papel fundamental en el crecimiento económico a través del aumento de la productividad. Este crecimiento en la productividad ha hecho pequeño el mercado nacional para muchas empresas empujándolas a la transnacionalización.

2) La informática y las redes informáticas permiten la interconexión de los mercados financieros y la propulsión de los flujos de circulación de capitales, que ya existían antes de la revolución tecnológica, pero aumentan ahora gracias a la nueva tecnología escapándose a todo control.

3) Los medios de comunicación de masas arrancan a principio del siglo XX a partir de un proceso de americanización de la cultura mundial que acontece a nivel global con Internet. Internet es la herramienta cultural globalizadora por excelencia.

4) Pero Internet es también una herramienta globalizadora para los procesos comerciales. Las distancias se acortan, los horarios desaparecen y mediante el que ahora denominamos “comercio electrónico” se internacionalizan los mercados más regionales y el consumismo.

5) Aunque la tecnología no es la causante de la creación de entidades y organismos supranacionales en un mundo cada vez con menos fronteras, sí es la que permitió optimizar y explotar al máximo su uso. La descentralización de la toma de decisiones, el funcionamiento y el control en tiempo real de los flujos o el monopolio del uso de la violencia logran niveles de gran sofisticación gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

6) Y, al mismo tiempo, las nuevas tecnologías también juegan un papel clave en la creación, construcción e impulso de los propios fenómenos antiglobalización, como evidencian cada día los encuentros y marchas antiglobalización que se montan y arman a través de Internet.
En este papel clave de la revolución tecnológica en el proceso de aceleración del fenómeno globalizador, la comunicación no tiene el mismo peso que la información.

Era comunicacional versus era informacional

Teóricos de la información, filósofos de la tecnología y sociólogos de la comunicación de todo el mundo ponen el énfasis de esta era en la información, que algunos prefieren denominar conocimiento. La información, y el conocimiento que de ella se deriva, son la mayor fuente de poder de la época actual, pero no la única.

Tanto es así, que el control del consumo productivo (lo que hacen los usuarios de Internet por ejemplo) traducido en información ha logrado una importancia estratégica para las empresas hasta límites insospechables (acumular todo tipos de información sobre los hábitos de consumo de los ciudadanos es ahora más posible que nunca gracias a la tecnología y, a su vez, esta información puede ser explotada más óptimamente que nunca y, por lo tanto, tiene más valor que en otra época).

Pero pese a esto, el peso creciente de la información en nuestra sociedad, con respecto a la acumulación del capital, al menos hasta ahora, la información, entendida como contenido, se ha visto superada por la comunicación, entendida como conectividad.

Toda la historia de las tecnologías de la información y la comunicación es una muestra del éxito de la conectividad (la comunicación) frente a los contenidos (la información pura). Un investigador que ha estudiado este fenómeno a conciencia es Andrew Odlyzko, trabajando en los laboratorios de búsqueda de la Telefónica norteamericana, la AT&T. Odlyzko ha analizado en varias ocasiones los recursos generados por los sectores dedicados a los contenidos a los Estados Unidos y siempre ha acabado por concluir que la conectividad, y no los contenidos, es lo que genera más ingresos económicos. Por ejemplo: ni la industria publicitaria, la industria reina de los contenidos en volumen de ingresos, llega a generar los recursos agregados obtenidos por la industria telefónica o el sector de envío postal de paquetes. El contenido no sólo representa una parte reducida de la economía sino que, además, a menudo obtiene sus ingresos de forma indirecta, a través de la publicidad. Es decir, la gente gasta mucho más en comunicaciones punto-a-punto, en conectividad, que en consumo de información.

La killer application, la aplicación de más éxito de Internet no ha sido, al menos hasta ahora, y al contrario del que muchos puedan pensar, la World Wide Web. Ha sido el correo electrónico. De las poco más de quince millones de cuentas de correo electrónico mundiales que existían a principios de los años noventa hemos pasado a casi 600 millones e la actualidad y el índice de crecimiento es tal que algunos estudios han calculado que en un par de años el número de cuentas de correo electrónico superará al de líneas de teléfono (960 millones en todo el mundo) y al de aparatos de televisión (unos 1.000 millones). Mientras que la World Wide Web es información, contenido, el correo electrónico es conectividad, comunicación. El e-mail también es contenido, obviamente, del mismo modo que la WWW también “conecta” a la gente con la información, pero no es ésta la esencia de esta tecnología. Sin decir que la información no sea importante, sí hace falta remarcar que en términos productivos su peso en la economía no es el que algunos buscan hacer creer (especialmente aquellos que han basado su modelo de negocio en ella).

Los éxitos de la conectividad (de la comunicación) frente a los contenidos (la pura información) se hace presente también en las tecnologías que lideran la telefonía móvil. Frente al desastre del WAP, que es pura transmisión de contenidos, tenemos el éxito impresionante del SMS, el sistema de mensajería instantánea que es pura conectividad, su principal función es poner en contacto a dos personas, independientemente de la información que se transmitan entre ellas.

El contenido, la información pura, ni siquiera es la reina de su propia casa. A la WWW el consumo es mayoritariamente corporativo, empresarial, y sólo un tercio de todo él es debido a usuarios domésticos. Y hace falta tener en cuenta que buena parte de este consumo corporativo corresponde a transacciones de datos, algo que no se puede considerar propiamente como contenidos. Por poner nombres y apellidos a las cosas, encontramos dos inmejorables ejemplos de la primacía de la conectividad ante la información: America Online y Amazon. AOL basa todo su consumo inmenso en los servicios que ofrece a sus usuarios, y estos servicios son básicamente servicios de conectividad (chat, e-mail, mensajería instantánea, etc...). Hasta tres cuartas partes del tiempo que los subscriptores de AOL pasan online, conectados, a esta compañía, lo dedican a estos servicios. AOL es eminentemente “conectividad” y es la primera empresa de Internet. Por otra parte, Amazon, la megatienda electrónica, ofrece una situación paradójica: Participando en uno de los programas de afiliación, esta empresa puede ganar más dinero a través de la intermediación en la venta de un libro (es decir, por la vía de conectar al usuario con la tienda) que el propio autor del libro con los derechos sobre el contenido.

Parece pues que, si bien la información y el conocimiento es fuente de poder en esta sociedad, en ella no está propiamente la verdadera generación de recursos. La mayor parte de los beneficios económicos se generan en la conectividad y, muy especialmente, en la conectividad interpersonal y empresarial.

Globalización y efectos sobre la creación de identidad

En este marco, en el que el nuevo paradigma tecnológico creado por la revolución de las tecnologías de la información y la comunicación tiene un papel fundamental, se produce un doble efecto que Montserrat Guibernau describe muy claramente.
Por una parte, el Estado-nación se debilita notablemente permitiendo que muchos hablen de la crisis del Estado-nación. Y por otra, la globalización tiene importantes efectos sobre la creación de las identidades de las personas. Las dimensiones del Estado-nación que se modifican fruto de la globalización son diversas. Guibernau destaca cuatro:

1) El sistema mismo de Estado-nación, fruto de la emergencia de un gran número de organizaciones internacionales y supranacionales que le “usurpan” el control de ámbitos, de los que vimos hace poco, que el Estado-nación no era soberano. Esto hace entrar en crisis el concepto de sociedad organizada en Estados que a su vez eran naciones.

2) El control administrativo. El Estado-nación hace bastante tiempo que ha perdido el monopolio de la economía, hace mucho tiempo también que ha perdido el monopolio de la cultura o de la culturización y está perdiendo poco a poco el monopolio de la política. La globalización, a través de las nuevas organizaciones internacionales y supranacionales ingiere en las funciones legislativas y judiciales del Estado-nación.

3) La violencia. El Estado-nación tampoco conserva el control absoluto sobre el uso de la violencia, como han demostrado acontecimientos recientes en que organizaciones supranacionales (UE, OTAN, etc.) han asumido esta soberanía a nivel internacional.

4) La territorialidad. El Estado-nación ya no es una unidad significativa de participación en la economía global del mundo sin fronteras actual, como muestra la progresiva mundialización de muchas empresas a quienes los mercados nacionales les han quedado pequeños.
La globalización tiene efectos igual o más devastadores todavía sobre las identidades. El proceso globalizador, como decíamos antes, es un proceso complejo y contradictorio. Por una parte, aporta una mayor conciencia de la diversidad existente al mundo, y al mismo tiempo pone de relieve la interdependencia entre los pueblos, los mercados y las culturas. Y tampoco es un fenómeno uniforme. La globalización tiene el potencial para hacer interactuar a las diferentes culturas (y enriquecerlas si se quiere con la diversidad) pero, al mismo tiempo, tiene el potencial para homogeneizar culturalmente, como está haciendo (muchos denominan a la globalización una “americanización” del planeta).

Esto tiene dos consecuencias inmediatas y evidentes para todo el mundo desde hace bastante tiempo. Por una parte, se produce la reaparición de algunos nacionalismos de estado (reticentes a la desaparición del Estado-nación tradicional) y, paralelamente, se produce una reaparición de muchos nacionalismos sin Estado (que perciben la homogeneización cultural potencial como una amenaza). El primero conduce a reafirmar los viejos nacionalismos tradicionales que dan lugar a los Estados-Nación. El segundo conduce a la recuperación o al surgimiento de identidades culturales locales de la más diversa índole y que cuentan con las nuevas tecnologías como uno de los principales aliados para darse a conocer. Ni unos, ni otros son intrínsecamente perversos, pero tampoco son automáticamente inofensivos, por el mismo motivo. Algunos de ellos son excluyentes, especialmente los basados en cuestiones raciales y religiosas. Otras confunden identidad con Estado-nación y, si bien el Estado-nación ha constituido y constituye una de las principales fuentes creadoras de identidad, es obvio que no es la única fuente.

Ante la fiebre antiglobalizadora hay incluso quienes dudan que el fenómeno de la mundialización sea realmente una amenaza por las identidades. Vaclav Havel afirma que el peligro de la identidad no viene del exterior, sino que del interior. De las propias personas que constituyen una comunidad con una determinada identidad.

Manuel Castells analiza mucho en profundidad la creación de identidades en la nueva sociedad. Lo primero que hace falta tener en cuenta es lo que la define: la sociedad-red se caracteriza por la globalización de las actividades económicas decisivas, por una cultura de la "virtualidad real” y por “la transformación de los fundamentos materiales de la vida, el espacio y el tiempo mediante la constitución de un espacio de flujos y del tiempo atemporal”. Frente a esto, Castells detecta una reacción de la identidad. Se trata de la contraposición de la singularidad cultural, la individualidad personal y el control de la vida propia frente a esta tendencia red. El reto de las identidades ante la globalidad tiene como expresión el gran número de movimientos sociales propios de nuestra época y que Castells clasifica en dos grupos: aquellos que son pro-activos, que pretenden transformar las relaciones humanas en su nivel más fundamental (feminismo, ecologismo), y aquellos que son reactivos, que construyen trincheras de resistencia en aras de Dios, la nación, la etnia, la familia o la localidad. Dentro lo que él denomina identidades de resistencia encontramos los fundamentalismos religiosos, los nacionalismos de cualquier índole, la identidad étnica y la identidad territorial.
Estas identidades de resistencia se defienden, según el profesor Castells, básicamente de tres amenazas:

1) La globalización, que disuelve la autonomía de las instituciones, las organizaciones y los sistemas de comunicación.

2) La interconexión y la flexibilidad, que difumina los límites de la pertenencia y la participación, individualiza las relaciones sociales de producción y provoca la inestabilidad estructural del trabajo, el espacio y el tiempo.

3) La crisis de la familia patriarcal, raíz de la transformación de los mecanismos de construcción de la seguridad, la socialización, la sexualidad y, por lo tanto, raíz de la transformación de los sistemas de la personalidad.
Los movimientos sociales que, por el contrario, generan identidades pro-activas pueden formarse a partir de las anteriores comunidades culturales reactivas y adoptar las formas y estados más inusuales. Por ilustrarlo, Castells pone como ejemplo a movimientos tan dispares como los zapatistas de Chiapas, la milicia estadounidense y Aum Shinrikyo, una secta japonesa. Como paso previo, no obstante, constata que todos ellos "pueden ser socialmente conservadores, socialmente revolucionarios, ambas cosas a la vez o ninguna de ellas". Se trata de la otra cara de la tierra, “la que rechaza la globalización en beneficio del capital y la informacionalización en beneficio de la tecnología. Y dónde los sueños del pasado y las pesadillas del futuro habitan en un mundo caótico de pasión, generosidad, prejuicio, miedo, violencia, estrategias fallidas y golpes de suerte. Humanidad al fin y al cabo".

Lo vemos desde la reunión cumbre de Seattle de hace dos años repetido en todas y cada una de los encuentros de líderes mundiales: Praga, Melbourne, Gotteborg, Barcelona, Génova…

La nueva identidad antiglobalización

La creación de una clase de movimiento social global y antiglobalización formado por un magma de movimientos de todo tipo que van desde asociaciones cívicas a partidos políticos, pasando por ecologistas, agrupaciones sindicales, pacifistas, anti-americanistas y un largo etcétera de organismos y organizaciones, es ya una realidad. En los últimos años ha crecido un sentimiento incontenible de estafa entre una considerable parte de la sociedad en general. En algunos, este sentimiento es simplemente fruto del hecho de ser “víctimas” directas de la globalización (todos los agravados por las múltiples desigualdades que crea el sistema), en otras el sentimiento surge desde un rechazo genuino contra el crecimiento imparable de estas desigualdades. No claro está que tengan una alternativa a lo que está pasando, pero si tienen claro que lo rechazan. Sus “contracímeres” han conseguido cuando menos darlos a conocer como una entidad única, los antiglobalización, y crear una conciencia unitaria alrededor de este fenómeno.

Sin intentar profundizar aquí qué es aquello contra lo que luchan todas estas personas, creo que no es exagerado intentar simplificarlo en un objetivo: la batalla principal es contra el poder de las grandes empresas. Los efectos principales de la globalización se reflejan en la concentración empresarial sin precedentes y la creación de empresas ya no multinacionales o transnacionales, si no casi supranacionales que tienen más poder que los Estados y que se rigen exclusiva y principalmente por un objetivo: maximizar beneficios. En los últimos treinta años la distribución de la riqueza no ha hecho más que empeorar y cada vez son más los que tienen menos, y menos los que tienen más. Al mismo tiempo, en los últimos treinta años la precarización de la condición laboral no ha hecho más que aumentar y cada vez son más las concesiones que se hacen a las empresas por garantizar sus beneficios. El cierto es que durante la segunda mitad del siglo XX los beneficios de las grandes empresas no han hecho más que crecer. Las consecuencias de esta sociedad enfocada al consumo y del que sólo salen beneficiados los agentes económicos más grandes y bien posicionados, dónde la competencia es muchas veces un espejismo y la tendencia real es a oligopolizar (si no monopolizar) todos los sectores, es contra lo que luchan estas miles de personas del primer mundo (y otros muchos miles se solidarizan).
De todo surge una nueva militancia que tiene ya incluso mártires y biblias. Los primeros los hemos visto aparecer en Génova este julio, como decía yo al inicio. Las segundas están representadas por libros como No Logo, obras que se posicionan como una alternativa genuina contra el imperio de las grandes empresas (si bien esta “alternativa” queda en mera “oposición” dada la carencia de contenidos de su propuesta). La autora de este libro, por ejemplo, levanta la bandera de la antiglobalización y afirma que “la oposición a las multinacionales es el tema que seducirá la imaginación de la próxima generación de rebeldes y de perturbadores, y sólo necesitamos recordar a los estudiantes radicales del 1960 y las luchas por la identidad de las décadas de 1980 y 1990 por imaginar la gran transformación que se puede producir”.
No es nada claro que esta nueva identidad creada por la lucha antiglobalización tenga demasiado que ver con el Estado global de Aalborg, más que el hecho de construirse desde bajo, porque Albrow hablaba en positivo de una conciencia global de innumerables individuos, en cambio, el interés común que se extiende por todo el planeta es una fuerza en oposición, no en afirmación.

M.A. Bastenier hablaba al País de la larga tradición de las estructuras binarias a la historia del ser humano. El bien se explica con el mal, Grecia se sentía realizada con el mundo bárbaro, Roma necesitaba a Cartago aunque fuera para poderla destruir e incluso en Oriente tienen el ying y el yan afirmaba el autor. Cuando la dualidad entre el capitalismo-liberal y comunismo-marxista desaparezcan, la sociedad mundial quedará coja. La mundialización recuperaría otro polo, según Bastenier, que equilibra la sociedad humana.

En efecto, es evidente que la creación de una identidad antiglobal es uno de los principales efectos de la mundialización. Podríamos decir, en consecuencia, que esta mundialización es actualmente una de las principales fuerzas generadoras de identidad. Al fin y al cabo, esta identidad no se construye sólo en negativo, en contra de la globalización, sino también en positivo, a favor, reproduciendo la dualidad que nos caracteriza. Frente a la conciencia antiglobalización se reafirma una creencia fuertemente sostenida entre muchas élites políticas y económicas que, pese a los efectos perniciosos del fenómeno, la globalización es lo mejor que nos podía pasar, o todavía más, todos estos efectos perniciosos son imprescindibles o, como mínimo, soportables, por conseguir el hito último del capitalismo global, que muchos se preguntan cuál es (y Susan George se atreve a decir en voz alta al Informe Lugano). A los antiglobalización se oponen pues los proglobalización. La globalización ha gestado dos grandes ideologías antitéticas, una de las cuales está generando un nuevo sentimiento de identidad de rebeldía contra el sistema, en gran parte de la población mundial benestant.

El papel de la tecnología

Todo este empuje y oposición a la globalización, no habría surgido tal y como es sin la aceleración del progreso tecnológico en la última parte del siglo XX. El progreso tecnológico ha sido uno de los principales motivos de la aceleración del fenómeno de la globalización. Y el progreso tecnológico ha sido, a la vez, indispensable para la construcción del movimiento antiglobalizador, que no habría podido organizarse ni estructurarse con la eficacia que la ha caracterizado, sin la existencia de una herramienta global como Internet y las redes de comunicaciones en general. Pero el progreso tecnológico no es un progreso inofensivo. Está dirigido y, asimismo, dirige.

No Logo de Naomi Klein ha sido adoptado como referente programático por los antiglobalización de los Estados Unidos, y también de buena parte del mundo, y tildado de blasfemia por sus opositores. Pero nadie puede negar que la tarea de esta periodista canadiense sea muy apreciable a la hora de revelar qué es el verdadero poder de las marcas, cómo se construyen y con qué fines. La tecnología, o mejor dicho, los procesos de innovación tecnológica, no escapan a estos fines. Los motivos son básicamente dos:

1) La rentabilización económica prima por encima del beneficio social de la difusión de innovación tecnológica (por ejemplo, muchos ex-monopolios de telecomunicaciones europeos han retrasado la introducción de tecnologías de comunicación más rápidas para poder rentabilizar infraestructuras obsoletas, o muchas empresas desarrolladoras de software priman la compatibilidad con el software antiguo, por garantizar la conservación de toda la base de usuarios, pese a que esto suponga lanzar nuevas versiones con muchas menos posibilidades del que su tecnología lo permita).

2) El poder del marketing es, además, lo que permite enmascarar el objetivo anterior. Esto obliga a invertir sumas ingentes de dinero en la creación y mantenimiento del que constituye el bien más preciado de una empresa a inicios del siglo XXI: la imagen de marca. Lo importante por ejemplo, es crear una marca que refleje innovación tecnológica, incluso si lo que se vende es realmente innovador o no.
El progreso tecnológico no es inocuo, decía, sino dirigido. Esto se refuerza de manera evidente, por ejemplo, en la investigación científica, dónde la explotación comercial es lo que potencia una investigación (hay muy poco interés a investigar por combatir enfermedades que acontecen plagas a ciertas partes del mundo porque afectan a los pobres, que no constituyen consumidores relevantes por las multinacionales). Pero el progreso tecnológico también se dirige en el sentido que entrega algunos instrumentos y no otros a los ciudadanos.
Si Internet no hubiera acontecido una red abierta (al menos como ha estado hasta ahora), la creación de una identidad antiglobalización mundial habría sido fuertemente más compleja y, a bien seguro, habría resultado bastante menos operativa y eficaz. Por otro lado, el acceso desigual que los habitantes del planeta tienen a la tecnología crea una divisoria digital (digital divide) que nos separa todavía más. Tener uno u otro instrumento tecnológico a nuestro alcance es fruto de los intereses militares y económicos en primer lugar y políticos y sociales en segundo. Y tener un u otro instrumento tecnológico a nuestro alcance determina también nuestros actos. El progreso tecnológico es un proceso mediatizante y que mediatiza.

Los estudios del papel de esta mediatización del progreso tecnológico en el proceso de mundialización y de los efectos de este último sobre la creación de nuevas identidades contrapuestas, y especialmente de una identidad antiglobalización que se nutre tecnológicamente del mismo sistema que combate, es algo que está fuera del alcance de este texto, pero que sin duda conforma una de las claves que permiten entender la realidad actual y la dirección que estamos emprendiendo como colectividad.

Referencias bibliográficas:


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Texto elaborado para las sesiones de doctorado de Enric Marin en la UAB- ©2001 Núria Almiron


© Núria Almiron 2000