Chile:
Hacia una Sociedad de la Información
Febrero
2001 - Núria Almiron
El
21 de mayo del 2000 la República de Chile no sólo vivía
uno de los momentos más relevantes de su historia reciente, la
llegada de un nuevo presidente socialista a la cúpula del país,
sino que también era testimonio de un ánimo retomado para
afrontar el futuro. Ricardo Lagos reconocía en su discurso de
investidura que abrir las puertas al desarrollo significaba la plena
incorporación de Chile a la revolución tecnológica,
disponiendo su país de las condiciones necesarias para ello como
pocos otros países de la región latinoamericana. El Chile
que heredaba Lagos seguía, sin duda, resquebrajado políticamente
en dos grandes mitades, polarizado entre aquellos que habían
sufrido la dictadura pinochetista y los que la aplicaron o se beneficiaron
de ella. Sin embargo, el país andino, habitado por apenas quince
millones de habitantes, también recibía del anterior gobierno
conservador un legado de iniciativas emblemático cuyo objetivo
era buscar un fuerte impacto social y económico y generar un
impulso multiplicador para el despliegue de las redes de información.
Chile contaba, a la llegada de primer presidente socialista después
de Allende, con el mayor número de ordenadores per cápita
de América Latina y con uno de los mayores porcentajes de usuarios
conectados a Internet (alrededor del 5%). Sin embargo, la incorporación
del tejido empresarial a la sociedad de la información era todavía
muy precaria y el acceso a las redes desde los hogares o los centros
educativos prácticamente anecdótica.
Un
país de contrastes
Lo
mejor que puede pasarle a un viajero cuando llega al país de
Pablo Neruda y Gabriela Mistral es hacerlo en un día despejado
y claro tras una copiosa nevada sobre esa maravilla geográfica
que son Los Andes. La visión de un inmenso manto blanco cubriendo
la cordillera es una imagen inolvidable y que carga de energías
al viajero, especialmente si éste llega de por primera vez a
Chile. Lo peor que puede ocurrir, por el contrario, es que tras diecisiete
horas de vuelo las turbulencias impidan aterrizar en el destino e incluso
obliguen a desviar el vuelo para que éste acabe posando las ruedas,
que no los pies, en un perdido y minúsculo aeropuerto argentino
a la espera de que el tiempo mejore. El visitante percibe entonces en
propia piel el aislamiento geográfico en el que vive un pueblo
instalado en una estrecha franja de territorio que apenas sobrepasa
los 400 kilómetros en su punto más ancho, franja angosta
y ubicada entre un inmenso pliegue de la tierra, que le flanquea de
norte a sur del desierto de Atacama hasta la Antartida, y el Océano
Pacífico. Se comprenden mejor entonces proyectos faraónicos
como el de la red de cable submarino de alta capacidad que cubrirá
a toda América Latina y que según se dice, Telefónica
está instalando para mejorar las comunicaciones de la región.
Se trataría, de completarse, de un anillo gigante que nace en
Miami, desciende por el Atlántico pasando por México,
Centro América, Venezuela, Brasil y Argentina desde donde, por
el Paso Los Libertadores, cruza la cordillera para llegar a Santiago
y Valparaíso, en donde toma el mar nuevamente rumbo al norte,
hacia Arica. De ahí pasa por Perú, Ecuador, Colombia,
Centro América y en Guatemala nuevamente cruza por tierra al
Atlántico, hasta el caribe, de vuelta a Miami. Y este ambicioso
proyecto no es el único, compañías como Global
Crossing o Telecom Italia abordan ideas similares. Los más optimistas
afirman que esto significaría el despegue definitivo de la región.
Por lo pronto, y como mínimo, las conexiones a Internet serían
cien veces más rápidas que en la actualidad.
Latinoamérica
es, para muchos analistas, la única región del mundo en
la que en el 2001 seguirán aumentando las inversiones en telecomunicaciones
mientras languidecen o, se frenan, en Estados Unidos y Europa. Sin embargo
el año 2000 significó un descenso del volumen global de
inversiones extranjeras en Chile. Después de dos años
de euforia, 1999 cerraba con casi 9.000 millones de dólares de
inversión extranjera directa en Chile que, y ahí radicaba
la novedad, por primera vez se distribuía entre distintos segmentos
económicos. Si en 1998 hubo una fuerte concentración en
los sectores bancario y financiero o, en años anteriores, se
primaba inequívocamente a la minería, en 1999 el gas y
la electricidad acumularon casi el 50% del total de inversión,
la industria un 16% y el transporte y las telecomunicaciones un 12%.
La procedencia del capital también se ha visto modificada drásticamente
a lo largo de los noventa y en 1999, a pesar del llamado "Caso
Pinochet", España destronaba en inversiones en Chile a Estados
Unidos. De entre los principales inversionistas españoles destacaba
Telefónica (el resto eran Endesa, Aguas Barcelona, Grupo Santander,
BBV), una empresa de telecomunicaciones con un proceso vertiginoso de
expansión en la región. De hecho, Telefónica de
España se erige como la compañía extranjera que
ha realizado la mayor inversión en la región en los últimos
diez años, con 32.000 millones de dólares. Y es que, según
la multinacional española, Chile se presenta como el modelo más
competitivo de América Latina en este sector. Precisamente, la
primera empresa que Telefónica adquirió en Latinoamérica
fue CTC (Compañía de Telecomunicaciones de Chile). Lo
hizo en 1990 y situó a la telco española en el primer
puesto en el mercado de las telecomunicaciones chilenas. Una visita
al país lo pone rápidamente en evidencia. Telefónica
es en Chile lo mismo que en España: una marca permanente y constante
en el imaginario comunicacional colectivo, un icono, casi diría
yo, de la nueva era que ha conquistado la sociedad chilena, o al menos
a la parte de la sociedad chilena con suficiente poder adquisitivo o
impulso para seguirla. Su filial para Internet, Terra, es uno de los
principales proveedores de acceso a Internet y el portal más
visitado por los chilenos lo cual no impide que, también como
en España, las marcas Terra y Telefónica obtengan las
peores puntuaciones en calidad y confianza por parte de los usuarios.
Al otro lado del charco como aquí, Telefónica se ha forjado
a pulso una imagen de prepotencia y ambición desmesurada y de
marca esencialmente construida sobre campañas de marketing multimillonarias.
El majestuoso rascacielos recubierto de cristal que la compañía
se ha construido en Santiago completan la postal.
La
explosión que ha experimentado Chile en este terreno en los últimos
doce meses tiene su mejor reflejo en los animados y concurridos First
Tuesday chilenos, las reuniones de los primeros martes de cada mes que
agrupan a inversores y emprendedores de la nueva economía, y
en el abundante número de pequeñas start-ups (empresas
de nuevo cuño) relacionadas con Internet e impulsadas por una
generación de jóvenes procedentes ahora también
de las clases medias cuyo pasado, muy próximo y menos polarizado,
no les impide negociar con aquellos que poseen el capital en Chile.
Un paseo por Providencia, uno de los barrios más cosmopolitas
de la capital, muestra un hervidero de ejecutivos y ejecutivas trasladándose
en sus flamantes automóviles europeos o americanos o desplazándose
a pie con sus carteras en carrera siempre veloz hacia una meta, en muchos
casos, con final puntocom. El Chile de los restaurantes chics y las
oficinas de lujo informatizadas de estos aspirantes al éxito
nada tiene que ver con el de la mayoría de la población,
pero ahí están ellos para poner los cimientos de una incipiente
industria informacional o como quiera llamársele a este engendro
mediático que fusiona telefonía, redes e Internet.
Mientras, el gobierno socialista se afana creando comités de
nuevas tecnologías de información y comunicación,
atrayendo a imperios de las comunicaciones como los de Cisco o Microsoft
e impulsando medidas para convertir a Chile, como ellos dicen, en la
capital tecnológica de América Latina. A los gigantes
norteamericanos les ofrecen estabilidad política, crecimiento
e interés por adoptar las nuevas tecnologías de la información
como una política de Estado. La meta no es otra que incorporar
a los chilenos a la Nueva Economía y al tipo de desarrollo del
siglo XXI.
Las
iniciativas para el cambio
Las
medidas tendentes a impulsar el desarrollo de la sociedad de la información
en Chile son generosas y persiguen tres objetivos básicos. En
primer lugar, lograr que el acceso a las redes digitales de información
y a los servicios sea tan universal y a costes tan razonables como lo
es hoy el acceso a la televisión y la radio. En segundo lugar,
desarrollar nuevas capacidades competitivas a partir de las oportunidades
que ofrece la rápida evolución de las tecnologías
digitales de la información y la comunicación. Y, en tercer
lugar, utilizar las potencialidades de las tecnologías digitales
para impulsar la modernización del Estado en beneficio de los
ciudadanos y las empresas.
El Estado chileno, ya desde el gobierno anterior a Lagos, asumió
que el sector público juega un rol catalizador decisivo para
acelerar el ingreso de Chile en la sociedad de la información.
Lagos confirmó esta función desde su mensaje presidencial
prometiendo una serie de medidas concretas como la proliferación
de infocentros públicos para brindar conexión de alta
velocidad a Internet a miles de chilenos, el aumento de facilidades
para establecer vías de comunicación electrónicas
con el Estado, la creación de un marco seguro para el comercio
electrónico con medidas legislativas como la acreditación
y certificación de la firma digital, o la aplicación de
esfuerzos a la captación de los fondos de capital riesgo necesarios
para activar la industria. Un buen ejemplo de ello es la intensa agenda
del presidente para conseguir firmar un acuerdo de colaboración
con Bill Gates, el ubicuo presidente de Microsoft.
Y es que los chilenos, a pesar de compartir una lengua y, teóricamente,
una cultura común con los españoles y los hispanos en
general, han construido una cultura particular a partir del imperialismo
norteamericano que les arremetió antes y después del malogrado
presidente Allende. Los chilenos del Santiago privilegiado viven una
especie de american-way-of-life a la chilena. Se visten, comen y consumen
productos culturales norteamericanos en mayor proporción incluso
que nosotros. A Chile, por ejemplo, prácticamente no llega cine
europeo (o español). La cultura chilena se ha acabado haciendo
permeable a la industria cultural norteamericana y ésta ha acabado
asentándose profundamente en el país, a pesar del salvaje
papel del imperialismo yanqui en su historia. Esta americanización,
que aquí llamamos globalización, se percibe, más
si cabe, entre los jóvenes ejecutivos de las nuevas empresas
digitales que, cómo no, miran más que nunca hacia Estados
Unidos para encontrar referentes empresariales de la sociedad de la
información.
Este
país de contrastes que es Chile, cuna de grandes vinos de corazón
tibio, como dice García Márquez, y con el cobre como única
producción seria y exportable (aunque dicen que es el mejor del
mundo), necesita, como todos los países latinoamericanos, de
la inversión extranjera para seguir desarrollándose. Pero
para que ese desarrollo redunde en beneficio propio y no en el de los
monopolios transnacionales que antes le explotaban y ahora, se dice,
invierten en él, Chile necesita incrementar el papel de las empresas
chilenas. Y eso no es menos cierto para las empresas tecnológicas
de la nueva economía. La masa crítica de empresas innovadoras
que reclamaba el Programa de Innovación Tecnológica del
periodo 1996-2000 parece estar asomando de la mano del primer puñado
importante de start-ups que empezaron a surgir a finales de los noventa.
La incorporación de las PYMES a las infraestructuras informacionales
parece ir, sin embargo, a ritmo más lento. Es cierto que el millón
de usuarios de Internet con que contaba el país a finales de
milenio significaba uno de los porcentajes de conexión más
altos de toda Latinoamérica. Sin embargo, la mayoría de
ellos sólo acceden a las redes en el trabajo y existe una enorme
brecha social entre estos privilegiados y el resto de ciudadanos. Aunque
Chile es reconocido por su sostenida tasa de crecimiento e integración
a los mercados internacionales, las estadísticas revelan que
el país sudamericano tiene una de las peores distribuciones de
ingreso, lo que significa que la brecha entre ricos y pobres va en aumento.
Por falta de otros datos a mano valgan estos: a finales de 1996, el
20 por ciento de la población más rica captó el
57,1 % de los ingresos, mientras la misma proporción de pobres
percibió solamente el 3,9%. Dos años después, un
estudio del BID (Banco Interamericano de Desarrollo) de 1998 mostraba
que el 10% más rico de la población chilena ya percibía
ingresos 30 veces superiores a los del 10% más pobre. Así
las cosas, la sociedad de la información puede que acabe instalándose
en Chile, pero la mayoría de los chilenos corren el riesgo de
no enterarse.
Publicado
en revista
Contrastes, número 14, febrer-març 2001.
-
©2001 Núria
Almiron