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HD: Discos Duros

Por Núria Almiron

El disco duro es hoy en día el principal método de almacenamiento de la mayoría de usuarios, elemento común y estándar de todos los equipos informáticos. La unidad de disco duro es, además, una máquina de alta precisión y constituye el dispositivo de almacenamiento mecánico más rápido que existe en la actualidad (sólo superado en velocidad por la RAM, que no es un dispositivo mecánico). Ni CD-ROMs, discos magnetoópticos u ópticos, sistemas de cintas de seguridad o dispositivos WORM han podido superar en uso y utilidad al sistema que creara IBM en 1973 cuando lanzó la tecnología Winchester.

Historia no tan reciente

Pero los antecedentes del disco duro se remontan a muchos años antes. De hecho podemos situarlos en el gran laboratorio de Notre Dame Avenue que IBM fundó en 1952 en San José, California, específicamente creado para investigar futuras tecnologías de almacenamiento. Hasta ese momento los datos se guardaban básicamente en rollos de cinta, tambores o en la memoria central de los ordenadores. (por ejemplo, los 6000 clientes de IBM de aquella época utilizaban 16 billones de tarjetas perforadas anualmente en más de 100.000 máquinas de alquiler). Ante la demanda creciente de ordenadores, IBM percibió la necesidad de descubrir un método de almacenamiento de grandes cantidades de datos que pudieran ser accesibles en cuestión de milisegundos para un procesador. Con este objetivo envió a Reynold Johnson —el inventor de las máquinas de corregir exámenes que utilizaban muchos profesores norteamericanos de la época— a San José donde junto con 50 ingenieros locales se pusieron manos a la obra. El resultado, cuatro años después, fue el 305 RAMAC (Random Access Method of Accounting and Control) y el nacimiento de la industria DASD (Direct Access Storage Device). Prueba del valor de estos inventos es que en 1984, la American Society of Mechanical Engineers otorgó al RAMAC el distintivo de “International Historic Mechanical Engineering Landmark” y en 1986 Johnson, ya retirado, recibió la National Medal of Technology de manos del presidente Reagan.
La evolución y subsiguiente desarrollo de estas investigaciones conducirían en 1973 al lanzamiento de la tecnología de disco Winchester que marcaría los estándares para la siguiente década. Desde entonces, la capacidad, tamaño y rendimiento de las unidades de disco duro ha variado espectacularmente pero el mecanismo de funcionamiento sigue siendo esencialmente el mismo.

Componentes y funcionamiento

Los discos duros son dispositivos mecánico-electrónicos, es decir, guardan los datos en señales magnéticas. De ahí proviene la característica que más les distingue: la manipulación de estas señales magnéticas mediante electroimanes (las unidades WORM —Write Once, Read Many— o las unidades magnetoópticas o flóptical manipulan las señales magnéticas mediante un láser).
La unidades de disco duro, tanto internas como externas (de hecho, la única diferencia entre ellas es que los discos duros externos van en una carcasa con su propio ventilador y fuente de alimentación), constan de diversos componentes que se encuentran protegidos en el interior de una caja metálica y hermética aislada de las partículas de polvo que son, junto con los golpes y las caídas, el principal enemigo de su mecanismo .
En el interior de esta caja hermética que acoge todos los componentes hay diversos discos giratorios de aluminio rígido recubiertos por las dos caras con un material magnético. El número de platos y la composición del material magnético que los recubre determinan la capacidad de almacenamiento de la unidad (lo normal es que los platos estén recubiertos por una aleación de aproximadamente la trimillonésima parte del grosor de una pulgada). El recubrimiento contiene partículas de óxido de hierro u otro material magnético que permite representar los “0” y “1” de la información binaria. Los datos se escriben sobre los discos magnetizando áreas en su superficie de modo similar a como se graba y lee información en una cassette de audio o en un vídeo. Los diversos discos giran juntos a una velocidad angular constante que puede ir desde las 3600 revoluciones por minuto a las 7.200 rpm de los discos más modernos. Encima de los discos hay unos precisos electroimanes, los cabezales, que se mueven adelante y atrás leyendo y escribiendo datos. La elevada precisión de este mecanismo se hace evidente si se tiene en cuenta que un disco de 3,5 pulgadas girando a la mínima velocidad que aún podemos encontrar en algunos discos, 3.600 rpm, pasa bajo los cabezales al equivalente de más de 120Km por hora. Es pues fácil imaginar lo destructivo que puede llegar a ser un contacto fortuito a esa velocidad, o más, del cabezal con el disco. Un golpe involuntario propinado contra la unidad, una caída al suelo de la misma o una simple mota de polvo puede provocar el choque del cabezal con el plato del disco, cuya distancia de separación es mínima (el cabezal se encuentra flotando por encima de los discos a sólo unas pocas decenas de micras, es decir, a unas millonésimas de metro, un espacio por el que no pasaría ni un cabello humano).
En la base de la unidad se encuentra la placa lógica. Cuando el sistema operativo o el software ordenan una tarea al disco duro, la placa lógica o circuito impreso de la unidad es quien, después de recibir la información a través del controlador del disco, procesa la orden. Lo que hace la placa lógica es convertir la orden en impulsos eléctricos que obligan al mecanismo de los cabezales a desplazar a estos a lo largo de la superficie de los platos. Todos los cabezales se desplazan a la vez por el mismo mecanismo mediante un resorte. Cuando la corriente aumenta, los cabezales vuelven al centro de los discos, cuando el flujo eléctrico desciende, el resorte tira de los cabezales hacia atrás, hacia el borde exterior de los discos. Este mecanismo alinea con gran precisión los cabezales con las pistas que forman círculos concéntricos sobre la superficie de los platos. Entonces, la placa lógica vuelve a entrar en acción indicando a los cabezales el momento justo en que pueden empezar a escribir/leer. Los cabezales graban (escriben) los datos procedentes del controlador alineando las partículas magnéticas sobre la superficie de los platos y los recuperan (leen) mediante la detección de las polaridades de las partículas alineadas. Si la partícula tiene una carga magnética positiva significa un “1” si tiene una carga negativa representa un “0”. Esta sencilla nomenclatura basta en el sistema binario para almacenar toda una novela, una base de datos o nuestra última partida de Command and Conquer.
El índice básico
Pero para que los cabezales puedan grabar/recuperar información en los diversos platos del disco duro es necesario saber dónde hay espacios vacíos en los que poder escribir, y dónde están ubicados los datos que se buscan para leerlos. Para ello es preciso realizar un paso previo a la utilización de cualquier unidad: establecer un índice o directorio del contenido del disco. Este paso se realiza durante la operación de formateo o inicialización de la unidad. Es precisamente durante este proceso de inicialización cuando se reserva una parte del disco para el directorio más importante de todos, el que confecciona el sistema operativo con los nombres y ubicación de los datos en el disco (la FAT o Tabla de Asignación de Archivos en DOS y Windows, la Tabla Inode, “index node”, en Unix o el Arbol de Catálogo en el Mac OS). Pero veamos el proceso completo.

Formatear o dar forma al disco

Formatear un disco significa establecer las estructuras de la organización en que se van a distribuir los datos en el mismo, prepararlo para admitir información. Y quien define este esquema o estructura es el sistema operativo. Al formatear un disco estamos en realidad escribiendo en su superficie un patrón de unos y ceros como señales magnéticas. Este patrón divide al disco en pistas (los anillos concéntricos) y sectores (divisiones de las pistas) que a su vez se agrupan en clusters (bloques). En el formateo estándar, los sectores están distribuidos en conjuntos parecidos a los trozos de una tarta, es decir, el número de sectores por pista varia según el radio de ésta: las pistas más cercanas a los bordes contienen más sectores que las pistas interiores. La combinación de dos o más sectores en una única pista forman un bloque cuyo tamaño puede variar según el sistema utilizado para formatear el disco y según el tamaño de éste. El bloque es la cantidad mínima de datos trasferida a un tiempo por la unidad y cuanto mayor es el disco, más grandes es el tamaño del bloque (y mayor el espacio desaprovechado en el caso de archivos pequeños, los más comunes, pues no llenan todo el bloque). A la hora de guardar un archivo, este puede ser diseminado entre cientos de bloques independientes dispersos a lo largo de varios platos.
Después de marcar las pistas y los sectores físicamente (el formateo físico), el software de inicialización realiza el formateo lógico, el autor de la creación de varios directorios e índices que se almacenan en la pista 0 del disco. El formateo lógico crea básicamente cinco áreas: los bloques de arranque, los de información, el directorio de ocupación, el directorio de ubicación de los ficheros y el área de datos. Estas estructuras ocupan espacio de disco por lo cual, un disco, aunque esté vacio siempre tiene una parte ocupada cuando lo formateamos.
Los bloques de arranque son siempre los dos primeros del disco. Identifican a la unidad como un disco PC, Macintosh, Unix, etc. y contienen información usada durante la secuencia de arranque. También incluyen al controlador que permite al ordenador comunicarse con la unidad del disco a través del bus correspondiente. Los bloques de información del volumen, que siempre siguen a los de arranque, contienen el nombre del volumen (el nombre dado al disco) y el número de ficheros almacenados en él. A continuación contienen el mapa de bits del volumen que identifica los bloques usados y los no usados. El directorio de ocupación contiene la situación de los bloques que están situados unos junto a otros, los bloques contiguos. El directorio de ubicación de los archivos es el directorio que almacena las posiciones de los ficheros en los discos y el que indica al sistema operativo cómo localizar la información guardada o los espacios vacíos que aún admiten datos a almacenar. El área de datos es la zona restante y mayor donde se guarda la información.
Una vez formateado el disco, es decir, creado este mapa que lo organiza y creados los índices de los que se nutre el sistema operativo para informarse sobre el disco, escribir o leer incluso el archivo más sencillo es un proceso harto complicado en el que participan el software que se esté utilizando, el sistema operativo, la BIOS (sistema básico de entrada y salida de datos), los controladores del disco duro que le indican al sistema operativo cómo utilizar el hardware y el mecanismo de la propia unidad del disco.

Cómo escribe y lee el disco

En definitiva el proceso es el siguiente. Lo primero que hace el sistema operativo al arrancar es cargar en RAM toda esta información sobre la organización del disco. Cuando el sistema tiene toda la información necesaria da instrucciones para que los cabezales escriban en los bloques libres. A la hora de almacenar un archivo el sistema siempre empieza colocándolo en los primeros bloques que encuentra libres en el directorio de localización de archivos. Este directorio mantiene un registro encadenado de los bloques utilizados por un archivo y cada enlace de la cadena conduce al siguiente bloque que contiene el siguiente fragmento del archivo. Después de esto, el sistema vuelve a enviar los cabezales a la tabla de localización, el índice situado en la pista 0 del disco, para confeccionar una lista con todos los bloques en los que se encuentra algún fragmento del archivo guardado. El sistema siempre intenta guardar el archivo en bloques contiguos pues su lectura es más rápida. Si la mayoría de ficheros están en bloques no contiguos se dice que el disco está fragmentado. Un disco fragmentado va más lento porque los cabezales deben moverse más veces entre bloques para poder finalizar la lectura de un sólo fichero (el software de defragmentación modifica la posición de los datos para colocarlos en bloques contiguos). El proceso de escritura/lectura del disco depende pues por completo de la consulta de los directorios e índices confeccionados sobre el disco y, por ello, es vital que estos no sufran ningún deterioro.

Cada vez más por menos

Si bien el funcionamiento electromagnético esencial de los discos duros sigue siendo básicamente el mismo que el de la unidad incluida en el IBM XT, el primer ordenador en incorporar uno, la capacidad, velocidad y rendimiento de los dispositivos ha avanzado a un ritmo trepidante.
En aquella época, a principios de los 80, una capacidad de 10Mb se consideraba más que suficiente, el disco duro tenía un grosor de 76 a 101 mm y llenaba toda una carcasa de 5,25 pulgadas, los platos tenían un diámetro de 5,25 pulgadas (13,3 cm) y el mecanismo una altura de 3,2 pulgadas (8,1cm), medidas que afectaban directamente al tamaño de los ordenadores de la época. Por otro lado, los tiempos de acceso rondaban los 87 milisegundos y se consideraban vertiginosos en comparación con los de las disqueteras.
Un poco más adelante, a mediados de la década de los 80, a medida que los fabricantes conseguían reducir el número de platos necesario para almacenar una cantidad de información determinada, empezaron a aparecer discos de 5,25 pulgadas a media altura (1,6” o 4 cm). Y a principios de los 90, los discos duros de 500Mb, con menor tamaño que las unidades de disquetes de 3,5 pulgadas y con velocidades de acceso de 14 milisegundos eran los dispositivos más comunes. La progresiva reducción del tamaño de las unidades ha ido pareja a un simultaneo aumento de su rendimiento y capacidad y una considerable disminución de los precios.
Actualmente, los discos duros son casi todos de 3,5 pulgadas (8,9 cm) o de 2,5 pulgadas (6,35 cm) de diámetro de plato (los de 3,5” son más comunes en los ordenadores de sobremesa mientras que los de 2,5” se utilizan en los portátiles). La mayoría de discos de 3,5” son de media altura pero hay algunos que son de sólo una pulgada (2,5 cm), también llamados de perfil bajo. En cuanto a la capacidad de las unidades actuales, ésta se ha disparado y es habitual hablar de Gigabytes en cualquier ordenador doméstico mientras que los tiempos de acceso y de búsqueda de la información se han reducido notablemente (probablemente lo único que no se ha conseguido superar es el entrañable ruido de los discos al girar si bien éste cada vez se parece más al de un motor supersónico).
A lo largo de esta última década, la tecnología de los discos duros ha pasado de ser una opción cara y exclusiva de usuarios avanzados a ser un elemento estándar en todos los ordenadores personales. El ritmo de progreso ha sido imparable y la situación se ha invertido pasando de unos pocos megas de capacidad a miles de ellos y de muchos miles de pesetas gastados por mega a muchos megas por pocas pesetas. Por el camino, a IBM, inventor de la tecnología, se le han unido otros fabricantes que en estos momentos están liderando la investigación —Seagate, Quantum, Maxtor, Conner Peripherals, Micropolis, Fujitsu, DEC— y que entre todos mantienen a este dispositivo en una interminable escalada por ofrecer más por menos: más capacidad y rendimiento por menos dinero.


CADA VEZ MÁS RÁPIDO
La principal virtud de las unidades de disco duro con respecto a otros dispositivos de almacenamiento ha sido siempre su rapidez, la velocidad a la que podemos acceder a ellos. Sin embargo, las cada vez más exigentes aplicaciones que requieren de mayor velocidad están continuamente impulsando avances tecnológicos en este sentido.
A la hora de medir la velocidad de un disco duro no existen referencias normalizadas pero es posible conseguir una cierta calibración observando tres aspectos: los tiempos de acceso y de búsqueda, el índice de transferencia y la velocidad de giro.
El tiempo medio de acceso o tiempo medio de búsqueda se refiere a lo mismo, al tiempo que necesita el disco para llegar a la información buscada. Técnicamente el tiempo de búsqueda es el tiempo que tardan los cabezales en llegar a una pista determinada, mientras que el tiempo medio de acceso es esta cifra más la latencia, el tiempo que tarda un sector concreto de la pista en colocarse justo bajo el cabezal (pues las posibilidades de que cuando el cabezal llegue a la pista se encuentre con el sector buscado son remotas). Las unidades actuales se encuentran entre los 8 y los 20 milisegundos de tiempo de búsqueda mientras que la cifra de latencia oscila entre 4 y 8 milisegundos.
El índice de transferencia es la cantidad de información que el disco puede enviar al ordenador por unidad de tiempo, una vez los cabezales están en el sitio adecuado. Los discos actuales tienen índices de transferencia que oscilan mucho entre si según los modelos pero menos de 4Mb por segundo indica que no son muy nuevos.
Y finalmente la velocidad de giro es la velocidad a la que giran los platos y que en las unidades más antiguas puede ser de 3600 o 4500 revoluciones por minuto y en las más modernas de 5400 y 7200 rpm. Aunque los fabricante están constantemente mejorando estos y los demás ratios y ya existen discos a 10.000 rpm como el último de Seagate.


MTBF O ÍNDICE DE FALLOS
La fiabilidad de los discos duros, es decir, la propensión a que sus mecanismos fallen de algún u otro modo, se mide según la durabilidad de estos. Los fabricantes, a su vez, miden la durabilidad de los discos en términos de tiempo transcurrido entre fallos, el MTBF (Mean Time Between Failures) o “tiempo medio entre fallos” que es el número de horas que un disco duro puede estar funcionando antes de que falle alguna pieza. El MTBF estándar en la actualidad está entre las 200.000 y las 800.000 horas aunque ya hay dispositivos que alcanzan el millón de horas. Obviamente, los laboratorios extraen estas cifras extrapolando la cantidad de fallos que se produce en los discos durante un tiempo concreto. Una duración de 200.000 a 800.000 horas significa de 23 a 91 años por lo que no hay modo alguno de probarla sino es extrapolando. Sin embargo, el MTBF tiene sólo una fiabilidad relativa pues depende de las pruebas que realice cada fabricante que pueden ser muy diversas.


LA NUEVA FAT32 DE WINDOWS 95
La mayoría de software para formatear discos permite crear particiones, secciones de la unidad de disco que actúan como volúmenes separados de capacidad fija. Esta capacidad ha estado limitada durante mucho tiempo para la mayoría de sistemas personales que utilizaban directorios de 16 bits, como le ocurría al DOS o a Windows 3.11. Esto significaba que el número máximo de bloques por partición no podía ser más de 65.520. Con un máximo de 64 sectores por bloque y de 512 bytes por sector, la capacidad máxima de los volúmenes no superaba los 2,1Gb (algo lógico pues estos directorios fueron diseñados al principio del nacimiento de la industria del ordenador personal pensando en los disquetes floppies o en discos duros muy pequeños).
Para solucionar este límite en las particiones y conseguir además una mejor gestión del espacio de los discos duros, Microsoft ha diseñado una nueva FAT, la tabla de asignación de archivos, para Windows 95 que soporta ya 32 bits (uniéndose así a otros sistemas que ya lo soportaban como el Unix, el OS/2, el Sistema 7.5 o Windows NT). Con la FAT32, el número máximo de bloques por partición alcanza los 4.294.967.296. Con ocho sectores por bloque y 512 bytes por sector, los tamaños de las particiones aumentan hasta unos 2 terabytes.
Pero esta capacidad de crear directorios de 32 bits al formatear los discos no sólo redunda en un aumento de la capacidad de las particiones sino también en un mejor aprovechamiento de las unidades. Con las FAT de 16 bits se aprovechaba muy mal el espacio pues los ficheros, que sólo pueden almacenarse en bloques enteros, desaprovechaban el resto de espacio sobrante que no ocupaban. La nueva FAT32 de Microsoft utiliza un tamaño de bloque mucho más pequeño que la anterior FAT de 16 bits, 4K frente a los 32K de la anterior, por lo que un archivo de, por ejemplo 3K, sólo pierde 1K de espacio en disco en lugar de 29K.


ESTACIONAMIENTO AUTOMÁTICO
La fragilidad de la superficie de los platos del interior de un disco duro ante la posibilidad de que el cabezal colisione con ellos ha obligado a tomar medidas de precaución para prevenir daños. La principal, además del hermetismo de las carcasas para evitar la entrada de polvo, ha sido el estacionamiento de los cabezales. Aparcar o estacionar el cabezal supone retirarlo de encima del disco cuando la unidad va a ser movida o trasladada. Anteriormente, era habitual que los usuarios de PC tuvieran que utilizar un comando especial (SHIP en el DOS, PARKHEAD en el IBM-DOS) para estacionar el cabezal pues si se produciera algún impacto en el disco o un movimiento muy brusco podría provocar el choque del cabezal con la superficie del disco. Si en el momento del impacto los cabezales no estuvieran aparcados y por ejemplo se encontrarán reposando sobre la pista 0, donde se encuentra el directorio o FAT de localización de los archivos, podríamos perder la información básica para acceder a los datos.
Actualmente, todas las unidades fabricadas desde los últimos años incluyen el estacionamiento automático del cabezal (autopark).

Publicado en PC Plus nž 7, mayo 1997